El País de los Cátaros

En los siglos XII y XIII, antes de ser anexionada a Francia por la fuerza de las armas, Occitania alumbró una civilización rica, refinada y heterodoxa. Las populosas plazas de Tolosa o Beziers fueron grandes centros de comercio, el campo prosperó con el asentamiento de sabias formas de producción y los castillos señoriales cobijaron el arte de los trovadores, considerado el germen de toda la poesía europea moderna. Pero también auspició la extensión de una doctrina herética que sirvió de excusa para la terrible cruzada que yuguló sus esperanzas de independencia: el catarismo.

Los siglos han pasado, y de aquel mundo floreciente sólo quedan ecos, vestigios, una memoria persistente pero perseguida de lo que pudo ser y no fue. El Languedoc y la Provenza pasaron a depender de los barones del norte y del rey de Francia y los cátaros, acosados sin tregua por la Inquisición, desaparecieron dejando tras de sí sólo una huella de misterio y datos fragmentarios. Pero pese a ello, o quizás por ello, se convirtieron en una leyenda que a mediados del siglo XX volvió a emerger, y que en los últimos años ha llegado a explotarse con fines turísticos.

Las rutas que rastrean la existencia de los bons homes, como eran llamados en lengua occitana, nos trasladan hoy a aquellos asentamientos que fueron sus plazas fuertes o a las fortalezas que sirvieron para su desesperada defensa. Ciudades como Carcasona conservan su fabuloso trazado medieval y sus imponentes murallas, mientras que pequeñas villas como Castres, la prodigiosa Albi o la encumbrada villa de Cordes nos permiten sumergirnos como por arte de hechicería en el ambiente de un tiempo antiguo y atisbar su poso enigmático y hermosísimo. Pero quizás es la peregrinación por los castillos que soportaron asedios en la cima de altos picos la que de una manera más llamativa concentra la atención de los viajeros.

Por los desfiladeros pirenaicos del Ariege, uno puede ascender hasta los nidos de águilas de Queribus, Rocafixada o del mítico y simbólico recinto de Montsegur, a cuyo pie el Prat des cremats (prado de los quemados) rinde testimonio de la suerte que corrieron los que no transigieron a abandonar sus creencias.

Asomarse a esas regiones hace descubrir los restos de una cultura sofocada y escondida pero que, pese a la asimilación, aún preserva rasgos de una idiosincrasia propia y distintiva. Muy diversa en su carácter de algunos de los tópicos asociados a Francia y que se resiste a morir del todo. Un país que parece cincelado en la piedra, de una belleza quieta y turbadora y que, por una curiosa ironía histórica, recibe su nombre de aquellos que la perdieron y fueron exterminados por ello.

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