El elixir de los egipcios

Parece ser que la cerveza, una de las bebidas más consumidas en verano por sus innegables propiedades refrescantes, fue inventada hace más de 5.500 años; en culturas como la elamita, la sumeria y la egipcia ya era de consumo habitual. La receta más antigua que conocemos data del siglo III a. C., se trata del papiro de Zósimo, donde se explica con detalle su fabricación a partir de panes de cebada poco cocidos, sometidos a un proceso de fermentación en agua.

Hoy en día, la receta ha variado, pero la esencia sigue siendo la misma. Disponiendo de tiempo libre y un poco de ganas es fácil hacerla en casa y disfrutar de una auténtica artesanal. Para hacerlo hay que seguir tres pasos: en primer lugar, es necesario obtener el mosto de la cerveza; a continuación, obtener la cerveza propiamente dicha; y, por último, embotellarla o almacenarla de forma correcta.

Para conseguir el mosto hay que macerar la malta. Este proceso se hace calentando a 90 grados el cereal previamente tamizado, un paso que conviene hacer en recipientes de cobre, ya que conserva mejor las propiedades del cereal. Una vez obtenido el mosto, se dejará enfriar a una temperatura de entre 15 y 20 grados.

Tras enfriar, el caldo se mezcla con la levadura. En esta segunda fase se emplean varios días en los que se irá introduciendo aire en la mezcla de forma paulatina. La fermentación se puede hace una o varias veces, dependiendo de la intensidad de sabor que se busque lograr.

Terminado este proceso es imprescindible filtrar el líquido, para eliminar todos los residuos sólidos, y conservarlo en cubas especiales. Por último, procederemos a envasar el líquido obtenido, cuidando siempre que sea en un recipiente hermético y evitando cualquier movimiento brusco de los envases.

El último paso sería enfriar y servir, rindiéndonos al placer de disfrutar de una refrescante cerveza de fabricación artesanal. Sin duda, un curioso e interesante pasatiempo para la época estival.

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