Una Historia que viví…

Cuando era joven, me casé… y nos fuimos a Italia por unos días como Luna de Miel. De allí iríamos a vivir, como prueba, a Israel.

Entonces quisimos viajar nuevamente en barco y tuvimos que elegir uno de calado pequeño ya que debíamos cruzar un estrecho. Al cruzar frente a Córcega y Cerdeña y estando en la cubierta mirando la imagen que descubríamos, salió del interior un mozo vestido de fajina y con una mantel blanco que acercándose al frente, lo extendió y sacudiéndolo empezó a gritar: ¡¡¡Chau Mama!!!, ¡¡¡Chau Mama!!!… y simultáneamente desde lejos, una de las mujeres vestidas de negro y con un pañuelo en la cabeza sacudía una sábana blanca, y sin querer todos escuchábamos otro: ¡¡¡Chau Filho!!!, ¡¡¡Chau Filho!!!…

Quedamos sorprendidos, emocionados…

El viaje siguió y conocimos al embajador de Dinamarca, que hacía este Crucero con una hija adolescente. Al llegar a Grecia, nos pidió si podíamos hacer el recorrido de la excursión con su hija, ya que tenía que ver a los príncipes y su hija se aburriría. Con placer aceptamos la compañía de la joven y cuando regresamos él se mostró muy agradecido y en la noche tomamos champagne en la mesa como invitación y con palabras de alegría de la hija por nuestra compañía y por lo que había visitado.

Al llegar a Haifa, lamenté muchísimo el saber que después de días tan lindos, ya no volvería a ver a esa gente. Fuimos hasta Beer-Sheva a estudiar el idioma, ya que ni siquiera sabíamos decir buenos días. Estando en clase, donde vivíamos y estudiábamos, alguien vino corriendo al aula gritando: ”¡Les buscan! ¡En un auto de la embajada!” Bajamos las escaleras y nos encontramos con quienes ni imaginábamos que volveríamos a ver.

Ellos venían a invitarnos a una cena a su hotel que estaba en el medio del desierto. Era de uno de los hoteles que terminan en Inn. Nos parecía increíble que nos recordasen y nos buscasen. Abrimos el baúl y yo busqué mi mejor vestido. En la noche, por la ruta, asustándome por las lagartijas que se cruzaban desde la arena, llegamos al hotel y fuimos al comedor: mantel Blanco, platos de porcelana, vasos de cristal, vino, música suave… Nada que ver de donde estábamos.

Terminando y despidiéndonos supe ahí que esta vez era cierto que era la última que nos veríamos. El día siguiente fué viernes y en la noche, sobre las mesas de formica, se extendió una sábana blanca como mantel sobre la mesa. Ahí no estaba ni el mozo, ni tampoco la señora de negro, pero sí el ¡¡¡Chau Mama !!! ¡¡¡Chau Mama !!!…que nunca podré olvidar.

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