No exactamente doméstica

Para algunos es una delicada cuestión ecológica. Habrá también quien lo considere una frivolidad. Otros lo defenderán como una opción legítima y tan razonable como cualquier otra de mantener a una mascota. Pero sea como sea, la información y los matices de la cuestión no siempre son planteados con claridad.
Porque adquirir un animal exótico tiene algunas implicaciones que es conveniente conocer. Se trata de bichos que tienen otras necesidades y precisan de otros cuidados que los habituales perros, gatos o incluso animales de granja.

Si, pese a todo, uno se ha hecho a la idea de llevarse a casa, por ejemplo, a un reptil o pájaro de los trópicos, lo primero que debe hacer, si tiene algún escrúpulo, es cerciorarse de su origen. Es decir, asegurarse de que no forme parte de una especie protegida o en peligro de extinción y que, en consecuencia, no puede ser importada y comercializada. Para ello, habrá que asegurarse de que se nos entrega una factura con su debido número de registro, llamado CITES. Incluso quienes tengan cierta conciencia naturalista, procuraran que se trate de una especie cuya adaptación a nuestro clima y a un espacio doméstico no suponga sufrimiento para ella, como desdichadamente ocurre con ciertas clases de loros y otros muchos animales.
Luego hay que estar avisado de los cuidados que nos va a demandar el animal deseado. Algunas veces, las propias tiendas no dan detalles sobre estas cuestiones para no espantar a posibles compradores. Así y todo, hemos de ser exhaustivos en las preguntas antes de dar el paso: alimentación, hábitat, comportamiento, longevidad, enfermedades y posibilidades de tratamiento.

Si, pese a todas las precauciones, una vez comprado vemos que no podemos atender a nuestra mascota, la opción del abandono es especialmente nefasta. Si ya resulta cruel en el caso de animales convencionales, en el de aquellos que no pertenecen a nuestro ecosistema se está cometiendo una temeridad. Amenazan a la biodiversidad porque, en los peores casos, son especies invasivas y pueden causar la substitución de otras que antes ocupaban su lugar en la naturaleza. Ante la certidumbre de haberse equivocado o la imposibilidad de seguir cuidando a un animal, la nula voluntad de las administraciones ha cerrado alternativas como la que ofrecía Exotarium, en el sur de la Comunidad de Madrid. Se trataba de un centro climáticamente adaptado y con especialistas en el que recogían animales exóticos que abandonados o que no podían ser atendidos; una tarea que permitía que España cumpliera el Convenio de Washington y su compromiso de tener un albergue para animales procedentes del tráfico, aunque para nuestra vergüenza fuera el fruto de los desvelos de unos particulares que han dedicado a esa empresa muchos recursos propios a fondo perdido hasta que han tenido que echar el cierre.

La muerte por desconocimiento es otro caso lastimoso. Si aceptamos la responsabilidad de atender a una mascota debemos hacerlo con todas las consecuencias. Hoy existen en nuestro mercado buenos libros y tratados especializados que nos pueden dar completa información del modo de criar a nuestro animal. Sin embargo, es bueno asegurarse de ello antes de tenerlo en casa; o por lo menos contar con la garantía de buenos profesionales en el establecimiento escogido.

Entre las criaturas que en los últimos tiempos han experimentado un auge en las preferencias de los clientes, se encuentran chinchillas, mapaches o cerdos vietnamitas, así como algunos ofídios del tipo de boas, cobras y mambas, tarántulas y hasta algunos de problemático acomodo en una casa particular como pequeños caimanes y tortugas de gran tamaño. Lo fundamental es, en cualquier caso, distinguir que un ser vivo no es un juguete o un capricho de usar y tirar.

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