Todos a la mesa (versión moderna)

Entusiasman por encima de edades, ofrecen una ocasión estupenda para pasar una velada entretenida con la familia y los amigos y suponen una afición al alcance de todos los bolsillos. Los juegos de mesa han amenizado la vida humana desde sus albores y han sido un elemento decisivo en el desarrollo de la sociabilidad.

Algunos de los más clásicos, como la familia de los manqalas africanos, hunden sus raíces en el neolítico. Otros han alcanzado el más alto reconocimiento como ejercicio intelectual –el ajedrez- o gozan de una enorme popularidad y expansión por todo el mundo –el backgammon o el parchís, por poner ejemplos.

Sin embargo, la época contemporánea y su sociedad del ocio, por lo menos para parte del mundo, ha producido una enorme proliferación de juegos que se suman a esos ya tradicionales. Y una de sus principales innovaciones ha consistido en combinar en una misma propuesta elementos de los juegos de tablero, de dados, de fichas, de azar  y de estrategia, así como ofrecer sistemas sencillos, dinámicos y que permiten la participación de muchos jugadores y su fácil inclusión gracias a unas normas que pueden aprenderse en muy breve tiempo.

Si dejamos de lado el microuniverso de los juegos de rol y de los wargames, que por su especificidad y complejidad merecen capítulo aparte, nos encontramos con que varios de estos juegos ya han alcanzado la categoría de clásicos modernos: el Monopoly y la creación de un gran imperio urbanístico y hotelero (con todas sus derivaciones y hasta perversiones, como aquellas que proponen precisamente lo contrario: arruinarse más rápidamente que el resto de jugadores), el Risk y su conquista militar del mundo (así como versiones más sofisticadas del concepto tales que Diplomacia), el Cluedo y su resolución de un asesinato siguiendo unas pistas o, más recientemente, Los colonos de Catán.

Habría quien pensara que el desarrollo de las videoconsolas y su conseguido realismo podía suponer el ocaso de los juegos de mesa. Pero la pujanza del  mercado nos demuestra lo contrario. Incluso algunos de los juegos más exitosos acaban teniendo su versión en videojuegos, y en los países del norte de Europa su popularidad no deja de crecer.
Aquí todavía parecen estar acotados a foros de iniciados, pero basta acercarse a una tienda especializada para descubrir que realmente son accesibles a todo el mundo.
Conceptos tan apasionantes como el de Puerto Rico –en el que hemos de administrar la recién descubierta colonia española mejor que nuestros adversarios- u Hombres Lobo de Castronegro, acerca de un pueblo en el que se ha expandido la licantropía y los campesinos deben descubrir a los infectados antes de que éstos acaben con ellos, demuestra la variedad e imaginación que uno puede esperar en sus incursiones a este mundo de fantasía e ingenio para el que nunca se es demasiado mayor.

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