Sorlingas bienaventuradas

Islas verdes y floridas ya avanzadas en el Atlántico, acariciadas por las cálidas corrientes del golfo, pero también a veces islas de más allá de la niebla, agitadas por las tempestades, tierra de leyendas de la imaginación celta.

Las Ynysek Syllan de los viejos córnicos, las Islas Scilly o Sorlingas, como se las llama en castellano, están a apenas dos horas en trasbordador de la costa de Inglaterra y del Land’s End de Cornualles, y ofrece una de sus caras al Canal de la Mancha y otras al océano abierto. Sin embargo, en muchos aspectos, uno parece haberse trasladado por un pasadizo en el espacio a algún paraíso tropical o isla afortunada; acaso a la Ávalon en la que según el mito reposa Arturo y se cura de sus heridas o a la Lyonesse sumergida bajo las aguas.

Sin embargo, sobre el aspecto de las Scilly han operado magias bastante más recientes. Desde 1834, Augustus Smith y luego su nieto y sucesor en la dignidad de Lord Proprietor, se empecinaron en convertir esta comunidad pesquera y agrícola en un jardín espléndido dedicado a la floricultura, y construyeron escuelas y hasta una moderna Abadía. Ese aspecto civilizado y plácido, y su prosperidad económica –impulsada entre otras medidas discutibles por el decreto de expulsión de Smith de todo aquel que no pudiera proveerse de un trabajo- auspició su posterior desarrollo turístico, que en los últimos años se ha convertido en la principal fuente de ingresos de las cinco islas habitadas del archipiélago.

Antes, sin embargo, se cruzaron tiempos más azarosos, expuestos a los avatares meteorológicos, a los peligros de la pesca y los naufragios y a las asechanzas de armadas extranjeras y contrabandistas patrios, a las oleadas vikingas y normandas, a los ecos de las guerras entre realistas y parlamentaristas.

Una vida complicada que sin embargo moteó de vitalidad, misterio y aire de aventura estas costas. No extraña que en ella surgiera una prolífica tradición de cuentos de fantasmas, lúgubres baladas marinas, historias de sirenas y un respeto no exento de superstición por los vestigios megalíticos con los que el caminante puede tropezarse por doquier y tras los que muchas veces parece asomar la sombra de antiguos druidas, no muertos, sino sólo durmiendo un sueño de piedra.

Hoy visitar las Scilly, y lo recomendamos con entusiasmo, es como caminar entre dos tiempos, bifrontes como ellas mismas, abiertas a la dulzura de vivir pero también a su reverso oscuro e insondable.

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