¿Seré yo la más bella? I

¿Existe una ciudad ideal, perfecta, suma de hermosuras y gracias? Dado que la vida es variada y plural y, afortunadamente, los hombres, los gustos y los baremos estéticos distintos, no habrá una sino muchas. Y posiblemente cada lector tenga la suya.

Sin embargo, con prudencia y sin ánimo de sentar cátedra, si que existen algunos lugares en los que el paisaje, la historia y los factores sociales y económicos parecen haberse conjurado para mostrar un rostro deslumbrante, hechizante o conmovedor.

En esta redacción, como no podía ser de otro modo, tenemos nuestras preferencias y nuestros criterios para establecer las que más nos gustan. Así que allá vamos, con la advertencia de que, dado que es difícil juzgar del mismo modo a una ciudad relativamente pequeña como puede ser la sin par Venecia que a una metrópolis como París, en esta primera entrega escogemos las que más nos gustan de entre las que se acercan o superan el millón de habitantes y se pueden considerar en todos los sentidos grandes capitales.

En Europa tenemos la suerte de tener un buen puñado de ellas, joyas bellamente talladas como San PetersburgoEstocolmoAmsterdam oBarcelona, o llenas de viveza e interés, como VienaMadridBudapest oMunich. Y claro, ciudades que no se agotan y que llevan siglos acumulando misterios y sorpresas, como Londres o Roma. Por no hablar de aquellas que debieron ser muy bellas, pero que el paso del tiempo y una dramática historia ha ajado, como Bucarest o Belgrado. Pero si hablamos en términos absolutos de dramática hermosura y de contrastes y singularidades que las elevan por encima de las demás, nosotros nos quedaríamos con la atmósfera de cuento de Praga, con esa ciudad de leyenda, a caballo de dos continentes, que es Istambul y con todo el profundo encanto de Lisboa.

Otros parámetros muy distintos a los nuestros hay que usar para juzgar los méritos de ciudades mucho más jóvenes como son la mayoría de las americanas: que en muchos casos combinan rastros de su pasado colonial, con buenas muestras de la prosperidad burguesa del cambio de siglo XIX al XX y vibrantes ejemplos de atrevimiento arquitectónico contemporáneo. De la hasta tópica Nueva York, filmada por todos los costados, a su homóloga del cono sur, Santiago de Chile, habría muchas candidatas a ciudad más bella de América. Pero con permiso de Buenos Aires, en cuyo favor juega su incomparable mística, o de las multiculturales Montreal en el Quebec yBoston en Nueva Inglaterra, pocos de los que las conozcan discutirán que entregarle galardones a Cartagena de Indias, en el Caribe colombiano y a La Habana Vieja es un acto de justicia.

Y si la civilización urbana nació en Asia, es natural que algunos de sus más elevados ejemplos se encuentren en este continente, por más que un desarrollo atropellado y en los últimos 50 años haya podido desfigurar a algunas de ellas, como Shanghai o Lahore. No obstante, cualquier ránking no puede obviar los esplendores de la ancestral capital del JapónKyoto, de Isfahán, en Irán, de Delhi en la India o de Damasco, madre de todas las ciudades.

Y por último, si bien África es posible que destaque más por sus grandes paisajes o por sus maravillas rurales que por sus aglomeradas metrópolis, también da para formar un pódium de urbes que tendría en el triangulo formado por Marrakech o Fez, la segunda capital de Sudáfrica, Ciudad del Cabo y la colosal El Cairo una baza ganadora.

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