Si hemos de vivir nuestra memoria colectiva con valentía y sin pretender esconder sus suciedades debajo de la alfombra, será bueno que ésta no quede solo encerrada en los libros o todo lo más en siniestras cunetas, sino que se manifieste en aquellos escenarios que fueron testigos del sufrimiento y el coraje, pero también de la infamia y la crueldad, de una sociedad que nos es a la vez tan próxima y tan lejana.
Sin embargo, ya sea por resultar molesto o por simple descuido y apatía, los vestigios de nuestra guerra civil, de sus campos de combate y sus refugios, de sus marcas y heridas visibles ha sido entregado a la ruina y el olvido sin demasiada resistencia.
Una actitud que con el rebrote del interés sobre la cuestión de los últimos años y algunos cambios de actitud, así como con el impulso de la Ley de la Memoria Histórica y actuaciones derivadas, podría cambiar y, quien sabe si dentro de unos años, contribuir a habilitar como ocurre en tantos otros países que han pasado por trances semejantes rutas organizadas y lugares restaurados que nos ayuden a entender y visualizar aquella dramática historia.
Pero quizás tenga también su encanto participar ahora de algunos hallazgos y exploraciones todavía no muy trilladas y que ya pueden ayudar a configurar una interesante ruta por algunos de los rastros más significativos de la contienda.
Acaso el más famoso, por la crudeza con la que revela el infierno de la guerra, sea el pueblo abandonado de Belchite. A finales del verano de 1937, este pueblo zaragozano fue objetivo de ofensivas y contraofensivas, con un duro sitio y cuantiosos bombardeos, que lo redujeron a la ruina. En lugar de reconstruirlo tras la guerra, el régimen franquista decidió edificar un pueblo nuevo cerca de allí y dejar el antiguo como “símbolo del ensañamiento rojo”. Sin embargo, el paso del tiempo ha trascendido esos empeños torticeros y hoy, sin campañas de promoción de ningún tipo, Belchite recibe más de 10.000 visitas al año de personas de todo el espectro ideológico. Existe incluso un conato de proyecto para convertirlo en un parque arqueológico. Su coste, sin embargo, puede ser un obstáculo que nos obligue a seguir conociéndolo en el estado asilvestrado pero auténtico que muestra hoy.
Mejor conservada se encuentra la ciudad subterránea de Guillermo Langle, el conjunto de galerías y cámaras bajo tierra de casi cinco kilómetros de longitud y que sirvieron para refugiar a casi 40.000 habitantes de Almería de los ataques de la aviación nacional y de la armada nazi. Y si bien éste refugio no es el único de su género, y muchas ciudades preservan túneles o estancias que sirvieron a ese fin, ninguno es de la extensión, tamaño y categoría de éste. Concebidos de forma integral por un arquitecto, provistos de luz eléctrica, pensados para poder transitar de un lado a otro de la ciudad, para permanecer con cierta comodidad largos periodos y hasta para poder atender urgencias quirúrgicas, desde su reapertura en 2006 se viene considerando como el más interesante refugio antiaéreo de Europa y el único abierto permanentemente al público. Sin embargo, muchos pueblos y ciudades, como Villanueva de Córdoba, Cartagena, Barcelona o Valencia, cuentan con sus propios refugios que abren esporádicamente o pueden visitarse si se concierta la bajada.
Y si Belchite es un símbolo de los desastres del frente del Ebro, Brunete y Quijorna lo son del cerco a Madrid. Aunque tampoco aquí se haya hecho ninguna intervención conservadora digna de tal nombre, pasear por los campos aledaños todavía supone encontrarse con búnkers y marcas de trincheras. Son solo algunos de los signos que insinúan el tormento que padeció aquel rompeolas de todas las Españas que diría Machado, y que también pueden encontrarse disimulados en lugares como el Parque del Oeste –escenario de furiosos combates y de la misteriosa muerte de Buenaventura Durruti- o en el Parque del Capricho en la Alameda de Osuna, que conserva el bunker que protegía al Estado Mayor Republicano.
Es únicamente, como no, una pequeña lista de sugerencias que en modo alguno pueden agotar las posibilidades de una vivencia que marcó tan hondamente la vida y la fisonomía del país. Pero seguramente que puedes añadir otras muchas: lugares de gran interés para nuestra historia común que no deberíamos perdernos. ¿Nos los quieres indicar?









