Basta abrir un poco la oreja y el ojo para percibir que los ánimos de todos nosotros están un tanto crispados. Tiempos tormentosos los que corren, difíciles, que sensibilizan sobremanera a los ciudadanos que cada vez más van saliendo a la calle a reclamar los que consideran sus derechos, a protestar por lo que supone una injusticia… Después de todo como se suele decir, “quien no llora, no mama”. Lejos de quedarse sentados en sus sofás y mecedoras, muchos mayores se están lanzando a la calle para luchar por lo que consideran justo.
Uno de los ejemplo más conocidos de mayores inconformistas que llaman a la protesta y la lucha es Stephane Hessel, autor nonagenario del ‘revolucionario’ libro “Indignaos”, todo un best seller de apenas 30 páginas que llama a la movilización de la sociedad, especialmente a la juventud, para recuperar el bienestar obtenido en tiempos mucho más adversos. Precisamente, otro nonagenario, con voz más que autorizada por su trayectoria profesional y personal, que está destacando en esto de ‘llamar a la revolución’ y salir de la pasividad social, es José Luís Sampredro, humanista y economista español que aboga por una ‘economía más humana’, también se ha sumado a la línea de Hessel, prologando la edición española de su libro. Hasta el movimiento del 15M cuenta con sus mayores, autoproclamados como ‘yayoflautas’, que luchan por dejar un futuro mejor a sus hijos y nietos.
Parece evidente que el inconformismo y la lucha social no es patrimonio de los jóvenes. Ni siquiera cuando se trata de ecologismo. Cuando escuchamos alguna noticia sobre activistas ecologista, la primera imagen que nos viene a la mente es la de un grupo de jóvenes encadenados o embarcados en alguna lancha lanzándose hacía algún petrolero o un barco enorme dedicado a la caza de ballenas… Bueno, pues para romper este esquema, hace poco menos de un mes, un grupo de activistas antinucleares lograron burlar la seguridad de una central nuclear estadounidense y aproximarse hasta la fachada donde colgaron pancartas e hicieron pintadas contra este tipo de instalaciones. Hasta aquí algo dentro de la ‘normalidad’ (si obviamos que esta acción se ha considerado como “la mayor brecha en la seguridad de un complejo nuclear estadounidense”). Sin embargo, la sorpresa nos la llevamos al saber que la protagonista de este suceso es una monja pacifista de 82 años, la hermana Megan Rice, detenida más de 40 veces, y cuyo objetivo es denunciar que su país gasta más en armas nucleares que en educación, salud y transporte. Ahora su acción le puede suponer una condena de 16 años y una multa de 600.000 dólares.
Denuncias, protestas, tomarse la justicia por su mano… Ya son también cosa de los senior. Otro ejemplo ha saltado a la luz de los medios hace pocos días. Se trata del caso de José Gallego, mecánico jubilado de 72 años que, cansado de esperar durante años a que las autoridades del anterior gobierno local del PP, y del actual del PSOE-IU, en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, retirasen de la fachada de la iglesia de su pueblo (la localidad alicantina de Aspe) varias placas con motivos franquistas y fascistas, decidió subirse a una escalera y taparlas él mismo pintándolas con un spray de pintura roja. Sorprendido in fraganti por la policía, fue detenido y ahora está imputado por un delito contra el patrimonio histórico y cultural.
Está claro que a muchos mayores los años no les hace menos luchadores, menos peleones ni menos inconformistas cuando se trata de luchar por los derechos y la justicia.









