Decía Josep Pla, agudísimo observador y cronista de viajes, que todos habíamos estado en Saint Moritz: “hay montañas, nieve, hielo, hoteles, turistas y un magnífico e inapreciado aburrimiento.” Se burlaba así con su proverbial socarronería del ambiente apacible aunque monótono y definitivamente uniforme que tienen muchas de esas poblaciones de alta montaña que sirven de puerta a pistas de esquí.
Y ciertamente, muchas han sido las que se han consagrado a esa dedicación con cuerpo y alma, hasta el extremo de resultar localidades tan prósperas como desprovistas de verdadera vida e interés más allá de su función.
Pero es injusta la generalización, porque otras han sabido compaginar su crecimiento con una activa escena cultural o la conservación de su esencia, su arquitectura tradicional y otros atractivos para los que miran con recelo a los remontadores.
Por ejemplo, en Andorra, casi exclusivamente conocida por su nieve y sus comercios, basta alejarse unos kilómetros de las estaciones para encontrar un rico patrimonio cultural que se remonta al medievo, con excelentes muestras de arte románico, museos tan curiosos como el del tabaco de Sant Julià de Lòria, el Postal o el de la Miniatura o incluso buenas exposiciones etnográficas que permiten ver cómo era esta sociedad rural antes de la radical transformación que supuso la llegada del turismo.
Anpezo, más conocida por su nombre italiano de Cortina d’Ampezzo, quizá si tenga algunos de los vicios que describía Pla. Pero la formidable vista de los Alpes Dolomitas que se domina desde ella, la particular mezcla lingüística y cultural de esta encrucijada de pueblos o su tradición elegante y aristocrática, con restaurantes y hoteles de primerísima línea, hacen que sobresalga por encima de la mayoría de sus competidoras.
Schladming, en Austria es otra opción de pueblo con suficientes encantos para que esquiadores y no esquiadores disfruten por igual de la estancia: una coqueta localidad de Estiria donde se puede explorar su esplendoroso pasado minero –fue el primer lugar de Europa en el que se consiguieron unos estatutos para el gremio- y que además tiene es una estupenda oferta para excursionistas o ciclistas.
Aunque si definitivamente se quiere huir del ambiente snob de muchos enclaves alpinos o pirenaicos, siempre nos quedarán los Altos Tatra, con sus vertientes polaca y eslovaca, una región en la que quien sea alérgico a las pistas encontrará muchos motivos para no arrepentirse de la visita.









