El mito de Leica lo forjaron una serie de grandísimos fotoreporteros que en años turbulentos de la historia del siglo XX la convirtieron en una extensión de si mismos para capturar instantáneas tan impactantes como La muerte de un miliciano de Robert Capa o la entrada de Mao Zedong en Pekín de Cartier-Bresson. Apreciada por ser ligera, rápida, cómoda y muy compacta y, aun así, una verdadera maquinaria de precisión con una óptica cristalina, muchas la consideran la mejor fábrica de cámaras de la historia.
Lo cierto es que Leica siempre apostó por la innovación y la excelencia: acuño el paso de 35 mm que acabó convirtiéndose en estándar e introdujo la montura por bayoneta que permitía una enorme flexibilidad en el uso, aunque también fue inflexible en algunos aspectos, como el de no implementar sistemas de autoenfoque para sus aparatos. Pero todo lo compensaba con una óptica fina y luminosa como pocas, que si bien por precio mantenía a distancia a los aficionados, era irresistible para los profesionales más dinámicos. Por si fuese poco, su diseño tan particular e icónico hizo que se convirtiera en objeto de colección, una especie de Itaca para los amantes del octavo arte.
La revolución del digital, no obstante, hizo que muchos presagiaran que se iban a abatir tormentas sobre la fábrica alemana. Leica tardó muchísimo en subirse a ese carro y el lento ocaso de la mística de las sales de plata y la competencia de otras marcas que ahora podían dar magníficos estándares de calidad con tamaños tan reducidos como los característicos de Leica y por precios más bajos hizo que se avecinaran tiempos duros. Los de Solms tuvieron que hacer frente a severas pérdidas y ser rescatados financieramente en el último momento antes de salir de la desorientación que provocó en sus directivos la caída súbita del mercado analógico. Pero en 2007, ya con nuevos modelos digitales, volvían por sus fueros, aprovechando el prestigio largamente fundado que conservaban entre la comunidad fotográfica. Y el sector del lujo, que como se viene diciendo no ha aflojado especialmente con la crisis, ha permitido que sus compactas de nuevo cuño se vendan de forma solvente y sin problemas.
A cambio, Leica ha seguido fiel a su promesa de solo dar lo mejor, aunque tenga que pagarse: espléndidos sensores, ópticas de lujo y unas prestaciones de alta gama en formato muy compacto. El último hito de la casa del círculo rojo es la Leica D-Lux 5, una preciosidad que para quienes la han probado alcanza calidades que nada tienen que envidiar a las de una reflex. Aunque también este gama de cámaras tienen detractores pues, tras su alianza con Panasonic, ponan que los dispositivos de ambas marcas se parecen hasta lo indiscernible y que, en realidad, uno paga más por el rubro de Leica, teniendo una cámara idéntica si se decanta por la versión nipona. Pero parece que eso no importa a quienes toda la vida, tanto como de sus prestaciones, han disfrutado de la aureloa legendaria que rodea a esta álma mater de la fotografía del siglo XX y ahora y por fin también del XXI.









