Grandes novelas, grandes películas: El Manantial

El Manantial, tanto en su edición escrita o en la versión cinematográfica de la misma, es una de esas obras que no solamente no pasa de moda, si no que, además, sigue despertando el interés dentro de ciertos sectores de las nuevas generaciones. Quizá sea porque entre sus líneas se descubren, entre otras cosas, los principios de la filosofía objetivista que la escritora desarrolló a lo largo de toda su vida; tanto a través de sus novelas, como mediante publicaciones independientes.

Aunque no se trata de su trabajo autobiográfico por excelencia, encontramos algunas analogías entre el protagonista de El Manantial -el arquitecto Howard Roark- y la propia escritora; del mismo modo que Roak no transige en cuanto a sus convicciones sobre la arquitectura, aunque esto le lleve a quedarse sin trabajo en su campo y a verse obligado a trabajar en una cantera, del mismo modo Ayn Rand jamás traicionó sus principios ni cambió una sola línea de sus textos, pese a los problemas que tuvo para publicar muchos de ellos. Sin ir más lejos, el Manantial pasó por las manos de más de diez editores, hasta que por fin vio la luz en una publicación de Bobb-Merrills, en 1943. El texto pronto causó gran impresión, llegando a crearse un círculo filosófico-literario en torno a él, que se conoce como “Grupo del 43”, y en tan sólo 5 años el mismísimo King Vidor estaba dirigiendo una película basada en él que, contrariamente a lo que se estilaba en el Hollywood de la época, fue supervisada al detalle por la filósofa, quien amenazó en repetidas ocasiones con abandonar el proyecto si no se seguía íntegramente el espíritu de su novela. Protagonizada por un maduro Gary Cooper y la espectacular Patricia Neal, la cinta está narrada según el estilo romántico e intimista del director, que encaja a la perfección con el individualismo heroico que exalta la novela original.

El Manatial es una oda a la libertad, a la razón y a la integridad, que se materializa en el protagonista -inspirado en el arquitecto Frank Lloyd Wright, dicen-, quien encarna todos y cada uno de los valores que exalta el objetivismo, incluyendo el orgullo y el egoísmo, emergiendo como un modelo de perfección que casi llega a equipararse con la del arte. El texto muestra una exacerbada pasión por el individualismo -propio también, lógicamente, de la filosofía randiana- y es que no debemos olvidar el origen soviético de la escritora, quien adopta voluntariamente la nacionalidad norteamericana, rechazando con firmeza el comunismo. Tanto en la novela como en la película, se alude a la masa social como ente sin voluntad propia, dominado por los medios de comunicación; en contraposición al individuo -encarnado por Howard Roark- que se pone a sí mismo, orgulloso de su talento, por encima de todas las cosas y que es capaz de desarrollar y argumentar sus propias ideas basándose en la razón, sin traicionar jamás sus principios.

Novela y película enganchan rápidamente, presentando situaciones cotidianas llevadas al límite, en las que se descubre la calidad moral de los personajes. Ambas resultan, además, muy interesantes, por invitarnos a la reflexión, mientras nos brindan la oportunidad de acercarnos a uno de los movimientos filosóficos del siglo XX, con bastante impacto en los Estados Unidos.

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