Gran esencia

Viajar es también comprender, pero para comprender es necesario escuchar. Y lo que tenemos que escuchar, cada lugar nos lo dice en una lengua distinta. Respetarlas, apreciarlas y contribuir a su salvaguarda es parte del deber de todo buen amante de otras culturas.

Por sus dimensiones, su situación geográfica y su particularidad histórica, con una jefatura del estado ostentada por un Gran Duque y un paisaje jaspeado de castillos con siluetas que se diría sacadas de un recortable, existe la tentación de bromear con Luxemburgo e imaginárselo como uno de esos países de  cartón piedra de las operetas.

Pero se trata de algo un poco osado si nos atenemos a las cifras estadísticas que lo señalan como el país con mayor producto interior bruto por cápita del mundo o a sus altas posiciones en todos los indicadores de bienestar. Con una dinámica economía, una educación justamente ponderada y una sociedad tolerante y plurilingüe (alemán, francés y luxemburgués son igualmente oficiales y conviven de forma bastante armoniosa), posiblemente haya bastante más de caricatura kitsch en muchos otros lugares del mundo que en este plácido rincón de centroeuropea, encajado entre las regiones de Valonia, Lorena y los estados federales alemanes de Sarre y Renania-Palatinado y con las que ha desarrollado una fructífera relación de vecindad.

Porque si alguna virtud del Gran Ducado sobresale esa es la capacidad y el tesón para mantener su independencia e identidad a lo largo de los siglos e incluso en periodos de formación de grandes estados omnívoros, que absorbieron a no pocos pueblos y franquezas, y a un mismo tiempo mantenerse abierta al exterior y entusiasta ante los proyectos de cooperación trasfronteriza, como demuestra el considerable porcentaje de emigrantes que se han establecido allí, la cantidad de gente de otras nacionalidades que trabaja en su suelo o el papel abiertamente europeísta que ha desarrollado y que ha llevado a establecer allí la sede de varios organismos de la Unión, como el Tribunal de Cuentas o el Tribunal de Justicia.

Sin embargo, también hay algo de cierto en la evocación de su encanto romántico, de ese idilio de fábula que suele asociársele. Basta con pasear por la ciudad de Luxemburgo para impregnarse de él. En la encrucijada de los ríos Alzette y Pétrusse, con un relieve quebrado que provoca grandes contrastes entre las partes altas y bajas de la ciudad, sus barrios antiguos y red de fortificaciones han recibido la consideración de patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Bastiones, fortines, antiguas casamatas nos hablan de la importancia estrategia que tuvo en un tiempo, mientras que sus jardines, apacibles calles adoquinadas o los puentes y viaductos que salvan el valle fluvial permiten paseos agradabilísimos y de admirables vistas.

De hecho, tanto como para llegar a retenernos todo el tiempo de nuestra estancia y hacernos perder otras de las atracciones que justifican muy sobradamente la visita: los castillos de Boursched, Schoenfelds o Mersch, entre tantos otros, algunos con fama de hechizados, pueblos encantadores como Vianden o Ersch-sur-Süre, como salidos de alguna fábula medieval, los bosques de las Ardenas, que se desbordan hacia la vecina Bélgica, algunas de las antiguas minas que fundaron la prosperidad del país, como la de cobre en Stolzembourg, los muchos rastros de una fructífera vida rural, muchos contrastes pese a su reducido territorio y una activa vida cultural y social.

Sí, realmente hay muchos pequeños motivos para perderse en Luxemburgo.

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