A pesar de que han quedado como parte de la celebración popular de la Navidad, y sus letras van referidas al nacimiento de Jesucristo, los villancicos –palabra derivada de villa y villanos, habitantes de la villa-, eran en su origen cánticos que recogían las historias de cada pueblo. Sin embargo, la adaptación de la Iglesia de este tipo de melodías para sus celebraciones, allá por el medievo, parece que tuvo más éxito; la prueba es que en la actualidad, llegadas estas fechas, es obligado cantar algún que otro villancico en las celebraciones.
Tradicionalmente vinculados a ‘pedir el aguinaldo’, propina que se daba sobre todo antiguamente, por felicitar a los superiores la Navidad, ya sea jefes o los niños a adultos, los villancicos parecen, de momento, sobrevivir. Muchos han pasado por tradición oral de padres a hijos hasta formar parte de la historia de cada familia. Otros son internacionalmente conocidos, así es fácil identificar Blanca Navidad o Noche de paz ya sea en castellano, inglés, francés o chino. Otros se han adaptado a la cultura de cada zona geográfica, como, por ejemplo, propios de nuestro país son los villancicos flamencos.
Acompañados de panderetas, zambomba, triángulo, guitarras, almirez y botellas de anís, los villancicos, como el Belén, en muchas casas, el árbol y adornos, las comidas copiosas, y sobre todo, las reuniones familiares, forman una parte importante de las celebraciones navideñas.
Los más repetidos en los hogares, y que antes aprenden los más pequeños de la casa, suelen ser Campana sobre campana, Los peces en el río o Arre borriquito; pero hay otros muchos, que en sus letras recogen la evolución de nuestra cultura y costumbres: Gatatumba (villancico andaluz), Dame el aguinaldo (Badajoz), Ya viene la vieja (Castilla) o En Belén tocan a fuego (Burgos), son sólo unos ejemplos.









