Pertenecen a nuestra misma clase animal, la de los mamíferos, pero su venerable antigüedad y descomunal tamaño nos ha fascinado desde los albores del tiempo, acuciándonos con su misterio y con la intuición de algún tipo de inteligencia algo más que animal. Han hecho vacilar a los marinos, nutriendo leyendas de horribles leviatanes y pavorosos naufragios, han incitado a una de las más arriesgadas tareas humanas, su caza, y han sido el motivo de una de las obras inmortales de la literatura universal, Moby Dick.
Los cetáceos han reinado en nuestro imaginario desde antes incluso de que nos hiciéramos a la mar hace ya 10.000 años. Esa misma atracción, que con el paso de los siglos se tornó en persecución despiadada, las ha llevado al borde mismo de la extinción. Sólo una moratoria, violada hoy por Noruega, Japón o Islandia, las salvo provisionalmente de su hado.
Pero pese a la amenaza que nuestra avidez cierne sobre ellos, pese a la discutida interferencia que los sonares náuticos puedan causar en sus métodos de orientación y por más que la intervención del hombre en la naturaleza comprometa su supervivencia, persisten en sus migraciones anuales; una ocasión que, por lo fiel de sus costumbres, es idónea para salirles al paso y realizar avistamientos.
Algunas antiguas comunidades balleneras han reciclado así sus conocimientos en la materia y, si en el pasado se dedicaron a darles muerte para conseguir su preciado esperma, hoy se encargan de su estudio y de aparejar embarcaciones para viajeros con el anhelo de divisar colonias en tránsito. En la isla azoriana de Faial, varias compañías prestan ese servicio en las temporadas de paso de ballenas y cachalotes, siendo el mítico Peter Café Sport uno de los que más garantías ofrecen. En la vecina Ilha de Pico, con una tradición tan sólida que hasta permite la existencia de un museo ballenero, también encontraremos análogas posibilidades.
Pero a quien estas islas en medio del atlántico le pillen a trasmano, también puede rememorar la audacia de los pescadores de ballenas vascos que surcaban el Golfo de Vizcaya gracias a Company of Whales, tratar de interceptarlas cuando se acercan al Estrecho de Gibraltar merced a Whale Watch España o probar suerte en el Mediterráneo. Una garantía: es un espectáculo de una fuerza tal que sobrecoge incluso a los más flemáticos.









