El club de las inmutables I

Existe en las modernas tiendas de delicadezas gastronómicas una estética de diseño, muy por lo común aséptica e impersonal, que parece querer esconder el factor voluptuoso que existe en el hecho de comprar alimentos y relamerse con la idea de su ingesta. Sin embargo, nobles resistentes, últimos en arriar la bandera, persisten otro tipo de comercios con un aspecto, filosofía y tradición muy distintos. Vienen de una época en la que el colorismo y la idea de abundancia transmitida mediante la acumulación inverosímil de género prevalecían. Y por ello, por el trato de sus dueños, por la disposición de la mercancía y por aspecto venerables, asomarse a esos espacios es como penetrar en un tiempo pasado, con dependientes que nos sirven con guardapolvos y conocen nuestras debilidades y preferencias. Son los colmados,  coloniales, ultramarinos o mantequerías. Establecimientos que sobrevivieron al embate de los grandes supermercados y se toman ahora la revancha, convertidos en santuarios de peregrinación de gourmets y curiosos a la búsqueda de lo auténtico.

Sin embargo, no hay que creer que los propietarios de tales tiendas se hayan dormido en el tiempo. Si las puertas de sus tiendas se mantienen abiertas es precisamente por haber sabido reconocer lo de distintivo que podían ofrecer. La confianza y la solera del negocio permitía orientarlo a productos de calidad y especialidades que resultaran difíciles de encontrar en otros comercios. Su pasada debilidad, ese aire de rancio abolengo, ha acabado siendo su mayor fortaleza. El reclamo para los buscadores de lo verdadero y consolidado.

Así, además de las cosas de consumo diario de las que también es posible proveerse en ellos, los ultramarinos actuales se han especializado y ya atienden más a gente venida de todas partes, incluso turistas, que a los viejos clientes del barrio de toda la vida.

En Barcelona encontramos los más famosos en el barrio del Eixample, el trazado urbano ideado por Cerdà que fue hogar predilecto de la burguesía catalana. El colmado Quílez se asienta en el chanfrán de la calle Aragó con la Rambla de Catalunya (aunque se haya expandido a otros lugares de Barcelona, es esta original sede la que conserva más encanto). Destacan los vinos y espirituosos, las cervezas, de las que hay más de 200 variedades y, recientemente, las aguas minerales o refrescos al alza como las tónicas.

En Queviures Múrria (Roger de Llúria, 85), fundado en 1898 y adornado con las vidrieras tintadas de publicidad diseñadas por Ramon Casas, sobresalen los quesos, algunos de venta casi  exclusiva en el local, así como los embutidos selectos, las pastas artesanas y los licores venidos de todo el ancho mundo.

La Mantequería Can Ravell (Aragó 303) añade a todo ello, a sus finas conservas y confituras, a sus cafés y caldos, unas mesas en las que saciar el apetito y degustar bien preparado lo que puede adquirirse in situ.

Madrid también ha preservado algunos de estos templos de la buena vida. Mantequerías Bravo, en Ayala 24, además de una hermosa y clásica fachada, reserva una inagotable bodega de maravilosos vinos, rones o coñacs. Más moderna, pero también reserva espiritual de los buenos panes y las tartas con enjundia, damos con Mantequerías La Gloria, en la plaza dela Prosperidad.

Son sólo algunos ejemplos emblemáticos de unas tiendas que conservando su identidad han hecho del trato personalizado, la certera elección de la oferta y la diversidad una forma de vida que se augura todavía de muy largo y venturoso recorrido. Y nos gustan tanto que, en posteriores entregas, seguiremos yendo en su búsqueda por distintos rincones del mundo.

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