El cielo y más allá

Cierto que tampoco es ir tan lejos. Realmente, a cien kilómetros de altura comienza técnicamente ese mundo extraplanetario. Pero hasta hace muy pocos años solo un puñado de privilegiados en misión profesional habían podido probar una de las experiencias más insólitas por las que puede pasar un ser humano: abandonar la tierra.

El primero en romper esa barrera que impedía que un particular se pasease más allá de la estratosfera fue el norteamericano Dennis Tito. O sus millones, para ser más precisos. Y es que alguna agencia espacial, como la rusa o la europea, vieron la posibilidad de sacar un buen partido comercial al indudable atractivo de su cometido Sin embargo, también han existido muchos recelos a convertir las misiones astronáuticas en cruceros de millonarios excéntricos.
La sensación de estar banalizando la última epopeya romántica o la percepción de que unos extraños, sin la exigentísima preparación de un cosmonauta de carrera, iban a entorpecer más que a contribuir a la investigación provocaron cierto malestar entre algunos miembros de las agencias. Por ese motivo, los subsiguientes viajeros espaciales han tenido coartadas científico-industriales, al provenir de personas como la iraní Anousheh Ansari, una decidida impulsora del turismo espacial o Gregory Olsen, consejero delegado de una empresa de instrumentos electrónicos.

No obstante, todo ello está todavía muy lejos de la promesa de unas verdaderas vacaciones galácticas. Por lo pronto, la iniciativa privada se ha centrado en desarrollar naves que puedan alcanzar regiones suborbitales. De hecho, ha sido el reciente anuncio de que Virgin operará en 2011 el primero de los trayectos que se hagan con ellas el que determina la actualidad de este artículo. Pero mal que nos pese, no solo seguirá tratándose de un lujo prohibitivo –los costes de desarrollar y fletar una cápsula de pasajeros de ese tipo son altísimos y consecuentemente los billetes para el viaje inaugural se han vendido a  unos 200.000 dólares- sino que los cinco minutos en los que uno podrá observar la curvatura de la tierra mientras experimenta la ingravidez pueden saber a bastante poco.

Por su parte, compañías como Space Adventures, la intermediaria de los viajes orbitales de Tito u Olsen arriba mencionados, continúan ofreciendo posibilidades como la de convertirse en el primer particular en realizar una misión lunar (eso sí, preparando la cartera). Y si no, siempre puede uno consolarse contratando un curso preparatorio y de simulación para cuando la cosa se abarate. O puede irse mirando los folletos de Bigelow Aerospace, la empresa que porfía por establecer el primer “hotel” en las estrellas. Sus prototipos, de momento, han dado muy esperanzadores resultados y el primero de estos peculiares albergues modulares podría estar listo en 2015.

Cualquier otra de las especulaciones de ir más allá, de por ejemplo planear sobre Neptuno o ver los portentos de  los satélites de Saturno, se queda por ahora en sueño, quimera, visión de futuro distante.

Eso sí, sin perder la esperanza y alojar la retórica que se recrea en una mística del descubrimiento y amor al progreso científico y humano cuando se alude a estos temas.

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