Crímenes exóticos

Ni los neones y lounges de Los Ángeles, ni los bajos fondos de Nueva York, ni los suntuosos y algo enigmáticos salones de una mansión de campo británica. Los escritores y personajes a los que dedicamos nuestra entrada de hoy no deambulan por esos escenarios prototípicos de la novela negra.
Porque el modelo de un investigador que en su camino hacia el esclarecimiento de unos hechos delictivos se sumerge en turbios ámbitos y sucias tramas ha traspasado fronteras y se ha acomodado a los entornos que más variopintos.

Así, por ejemplo, el escritor cubano Leonardo Padura se ha servido de su primero inspector de policía y luego librero de lance Mario Conde para escribir su crónica de una hermosa ciudad en decadencia: La Habana. Sin maniqueísmos pero también sin condescendencia, Padura evoca las sucesivas encarnaciones de la capital americana desde su momento de máximo esplendor hasta hoy, ajusta cuentas con algunos sueños rotos de su generación y plantea hasta que punto han merecido la pena los sacrificios de una sociedad que en los años noventa sufrió duros racionamientos y carestías, a la par que padecía el crecimiento de la corrupción y las desigualdades. Un entorno que más allá de la imagen de ciudad tranquila y plácida que se tiene en occidente, también ha podido ver cómo florecían ciertos bajos instintos.

El mundo de Chen Cao comparte con el de “el Conde” de Padura bastantes puntos de contacto. En especial, el de una sociedad que está mutando sus viejos esquemas y valores a marchas forzadas, mientras el régimen político que la gobierna se empeña en mantener la apariencia de normalidad. Pero este joven y refinado detective e inspector de Shanghai, que lo mismo recita proverbios que se deleita con los platos de la alta gastronomía local, sirve a su autor Qiu Xiolong para hacer una radiografía todavía más cruda y despiadada de todos los sutiles pero implacables corrimientos de tierra que permitieron en los 80 el advenimiento de la China de hoy.

También un país conflictivo, surcado por amenazas externas y controversias internas, es el Israel de nuestros días. El que sirvió a Batya Gur para plantear las seis novelas de Michael Ohayon que pudo escribir antes de su prematura muerte. Gur escoge siempre un microuniverso, como puede ser un kibbutz, un barrio tradicional de Jerusalén o una orquesta, y gracias a la amplificación de sus deformidades características que esa operación le permite, denuncia aspectos que serían extensibles a casi cualquier ámbito de la sociedad israelí: una sociedad que además se muestra muchísimo más compleja que la caricatura que solemos ver por los noticieros.

Aunque si en los últimos años un policía ha alcanzado fama universal pese a su ubicación exótica para los estándares de la novela negra, ese es Kurt Wallander. La criatura de Henning Mankell, el cuarentón separado y con problemas de sobrepeso del que ya hablamos tiempo atrás en esta misma sección, es un inspector de la provinciana ciudad sureña de Ystad que se ve continuamente desbordado por el aumento de sus obligaciones. El lento advenimiento de una realidad tan truculenta y despiadada como la de cualquier otro lugar en lo que fuera un remanso pacífico y ordenado de mundo es, tal vez, un sello común de la eclosión de la novela negra escandinava, tan en boga en los últimos años. Y la clave de un éxito multitudinario pese a crecer –o acaso precisamente por ello- extramuros de los ya muy manidos Sunset Boulevard o bajos fondos de París, Londres o Nueva York.

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