Los consistorios de algunas ciudades buscan engalanarse con ellos para alardear, ganar prestigio y atraer la atención de posibles turistas. Y a menudo suponen cuantiosas inversiones y faraónicas obras de las que es difícil calcular los rendimientos. Son los grandes proyectos de arquitectos internacionales de postín, muchas veces globalizados, intercambiables y con poca o nula referencia al contexto o tradición constructora local. Pero también provechosas maquinarias de propaganda y acaparamiento de titulares.
Sólo que algunas veces, pese a todas las hermosas palabras de las que puedan envolverse, no consiguen esconder su defectuosa concepción o su materialización chapucera.
La cuestión es polémica, y toda empresa de ese género cuenta con detractores pero también con entusiastas que discuten si sus autores son visionarios que legan edificios para la posteridad o charlatanes con ínfulas, si sus obras abren caminos o deforman un entorno urbano. Un debate del que muchas veces se excluyen los propios arquitectos con un gremialismo rayano en la ley del silencio.
El valenciano Santiago Calatrava es uno de los que más a menudo se ven en esa tesitura. Acusado de hacer obras escultóricas, poco funcionales, no siempre acabadas y que desbordan el presupuesto inicial, hasta la fecha ha tenido tremolinas por causa del puente Zubi Zuri de Bilbao, con folletín judicial de por medio, del Palau de les Arts de Valencia, que se inundó a las primeras de cambio y cuya plataforma escénica se desplomó antes de su inauguración, del reciente cuarto puente del Gran Canal de Venecia que ha multiplicado por cuatro el coste previsto y de tantas otras obras en las que ha dejado su impronta genial o caraduresca según quien las contemple.
Tampoco Rafael Moneo deja indiferente. Su intervención en la Plaza de Santa Teresa de Ávila llegó a preocupar a la UNESCO, mientras que su Museo de Arte Moderno de Estocolmo pasó por grandes apuros cuando fue invadido por una plaga de hongos y se le acusó de no haber tenido en consideración las características de la climatología sueca. Pero por lo menos Moneo goza del beneficio de reconocer que no siempre ha atinado, como ocurrió cuando declaró que el Aeropuerto de Sevilla le había dejado insatisfecho.
E insatisfechos quedaron los londinenses con el Puente del Milenio de Norman Foster, aunque con su proverbial ironía se lo tomaran a guasa, al apodarlo el puente de los tembleques, por el balanceo que provoca su suspensión (y las cifras que se manejaron para levantarlo).
Son sólo tres ejemplos, entre otros que reseñaremos en una próxima entrega, de cómo la fama profesional no siempre va unida al trabajo impecable.









