El Ulster vuelve a estar de triste actualidad por culpa de un rebrote de la violencia armada que en cualquier caso no parece que vaya a sumir de nuevo a esta torturada esquina de Irlanda en el conflicto que la resquebrajó durante tantos años.
Quizás por ello merezca hoy más que nunca visitar este lugar maldito durante casi dos décadas, que empieza a recuperarse de sus heridas pero también muestra aún sus cicatrices.
Porque lo cierto es que la pugna política entre republicanos y lealistas ha dejado algunos rastros que incluso, con el filtro del tiempo y el apaciguamiento de los enconos, pueden verse bajo una luz de arte popular digno de preservación: el de los enormes murales pintados en las fachadas de las casas con el que católicos y protestantes honraban a sus mártires, jaleaban a sus facciones armadas y declaraban su voluntad de no rendirse. Y es que todavía hoy la presencia de esas duras proclamas y de esos retratos de siniestros encapuchados, muchas veces trazadas con un estilo casi naïf, impresionan y explican mejor que ninguna otra lección el clima en el que han vivido esas dos comunidades. Por no hablar de los muros que dividen barrios o de las aceras y farolas pintadas de colores de Derry que pregonaban la filiación del barrio en el que se estaba entrando.
Con todo, los cambios operados se perciben claramente en la capital de la región, Belfast (Béal Feirste en gaélico), posiblemente la ciudad más sacudida por los disturbios, el despliegue del ejército británico y los enfrentamientos. Unos sucesos que no contribuyeron precisamente a amortiguar su decadencia económica y su declive generalizado.
Sin embargo Belfast está renaciendo, y junto a un vivo ambiente cultural, existen proyectos para que su gran patrimonio cultural e industrial sea debidamente apreciado y conservado. El más vistoso está relacionado con el que fuera el astillero más grande del mundo Harland and Wolff, lugar donde se construyó el Titanic y que ocupaba a una proporción muy importante de los obreros de Belfast. Por ejemplo, sus dos gigantescas grúas, Goliath y Sansón, de 100 metros de altura y capaces de levantar 860 toneladas, fueron nombradas en 2003 Monumento Histórico de Irlanda del Norte.
Es evidente que el Ulster tiene muchos otros atractivos que ayudan a recordar que, pese a las fronteras, se está en la llamada isla esmeralda, con sus ubicuos pastos verdes y sus pintorescos lagos, sus nobles palacios georgianos y sus vestigios celtas, y que en ella no hay que perderse caprichos de la naturaleza como la Calzada de los gigantes o los apacibles encantos de villas históricas como Antrim. Pero también, y esto era la novedad, en los signos de una lucha cuyo fantasma aun agita sus tétricas sábanas de cuando en cuando.
Y si quieres conocer el corazón industrial de Belfast, aquí va un formidable reportaje de la BBC que nos lo muestra desde el aire.









