En tiempos de recesión y vacas flacas, algunos podemos llegar a pensar que las cosas no nos pueden ir ya peor. Pero la mayoría de nosotros conservamos pese a todo unos mínimos para subsistir y hasta permitirnos algún capricho. Los más generosos de todos, sin embargo, conservan también el suficiente optimismo y desprendimiento como para preocuparse y ayudar a aquellos que de verdad lo han perdido todo y se han convertido en desposeídos de la tierra.
Es el caso de la gente que colabora con ACNUR, el Alto Comisionado de la ONU para la atención a los refugiados. Por guerras, represiones por su condición étnica, religiosa, sexual o política, por necesidad económica o sencillamente por catástrofes naturales, se calcula que hay en este momento en el mundo más de 40 millones de desplazados que viven bajo mínimos, sin acceso a ningún tipo de protección legal y sin derecho a servicios de ningún tipo.
La problemática de los refugiados es muy compleja, porque tiene muchos perfiles de exclusión distintos, desde el de aquellos que han pasado a ser considerados apátridas, a los de migrantes en masa a quienes empujan condiciones perentorias, los pueblos indígenas presionados por gobiernos y multinacionales codiciosas y desconsideradas o los solicitantes de asilo a quienes no se concede este elemental derecho a encontrar refugio y hospitalidad en un tercer país, cuando en el propio peligra su integridad o su vida. De hecho, también presta atención a los mayores en situaciones de emergencia y conflicto, por su crítica vulnerabilidad en tales trances.
ACNUR trata de poner sus recursos al servicio de esta gente, ya sea para mediar en su favor o cubrir sus necesidades básicas más urgentes: comida, abrigo y seguridad. También busca procurar un retorno con garantías para aquellos que tras haber padecido un desplazamiento forzoso tienen la oportunidad de volver a su hogar: hay que tener en cuenta que un alto porcentaje de estos migrantes no consiguen reasentarse e integrarse en terceros países.
La tarea de ACNUR cuenta con el respaldo de la ONU y su posible fuerza de intermediación y exigencia a los estados y agentes responsables de estos desequilibrios. Además el concurso de fundaciones y los mecenazgos privados forman parte de su modo de financiarse. Sin embargo, su dotación se completa con las aportaciones de voluntarios y socios, que gracias a su aportación mensual o esporádica proporcionan medios para causas como luchar contra epidemias de cólera en campamentos de refugiados o ayudar a reagrupar a familias dispersadas.
Pero además, el socio no solo puede hacer un gesto importante con su pequeña o gran contribución económica, sino que cuenta con información de primera mano y los boletines del organismo para pasar la llama y ayudar a la concienciación de uno de los problemas más agudos que pueden sacudirnos y de los que más ponen en entredicho nuestra propia humanidad.









