Desde que se propagó por toda Europa el inquietante informe de las autoridades austriacas acerca de Petar Blagojevic, un campesino serbio que tras su fallecimiento en 1725 se creyó que volvía de la tumba para drenar hasta la muerte la sangre de sus familiares y que, en plena histeria de sus vecinos, fue exhumado y su cuerpo atravesado con un estaca, el mito del vampiro invadió el imaginario no sólo de algunas sociedades rurales del este del continente, sino también de escritores y fabuladores que reconocieron en esa figura un perfecto reflejo de nuestros más atávicos miedos y deseos.
Se suele hablar del cuento “El vampiro” de John William Polidori, médico y secretario de Lord Byron, como su primera manifestación literaria moderna. Quizás uno de los logros del relato sea el de transformar a la alimaña feroz y hambrienta del folklore balcánico en un refinado, seductor y astuto aristócrata, un rasgo que luego adoptarían otros autores que alcanzarían más duradera celebridad con sus respectivas obras: la maravillosa nouvelle de Sheridan Le Fanu “Carmilla” y la canónica y más celebrada de todas, el “Drácula” de Bram Stoker.
Ambas han sido los referentes de este peculiar subgénero: citadas, adaptadas, plagiadas, parodiadas o recompuestas una y mil veces, sobre todo en el cine. Se calcula que de Drácula solamente hay centenares de versiones, aunque por su calidad artística y poder icónico hoy destaquen el Nosferatu de Murnau, el “Drácula” de Tod Browning con Bela Lugosi de 1931, la serie de tres películas que Terence Fisher rodó con Christopher Lee para los Estudios Hammer en el papel del conde y el romántico Drácula de Coppola.
Pero detrás de estos clásicos por todos conocidos de la cultura popular palpita un fondo casi inagotable de cuentos, relatos, cómics, series de televisión, canciones, juegos de rol u objetos de moda que se inspiran en la fascinación que ejercen los también llamados upires, vrykolakas o moroi. Algunas de esas expresiones merecerían capítulo aparte, como la brillante y tragicómica incursión de Polanski en “El baile de los vampiros” o las delirantes y pseudoeróticas versiones pop que proliferaron en los sesenta y setenta, algunas de la mano de directores del underground español como Jesús Franco.
Los que prefieran la lectura tienen a mano en castellano dos magníficas antologías publicadas con la acostumbrada gracia por Valdemar: Sanguinarius y Vampiras, mientras que en la red se puede encontrar muy jugosa información bibliográfica en la web “Los otros vampiros”.
Ese cultivo tan intenso y destacado en el pasado siglo no parece haberse atenuado en el nuestro, antes al contrario. Algo que se percibe en el auge de la estética gótica entre los jóvenes o en el éxito masivo de productos de orientación adolescente como la saga de Crepúsculo, aunque también haya series que sin trascender el entretenimiento cuiden al público más adulto, caso de la también popular True Blood. Una muestra inequívoca de que esta leyenda sigue cautivando nuestra imaginación, nos aterroriza con deliciosos escalofríos y nos inquiere todavía sobre las mismas fronteras de lo real y lo soñado, de la vida y de la muerte, de lo posible y lo imposible.









