Djemaa el Fná, patrimonio oral de la humanidad

Es una plaza, pero también es mucho más. Un centro en el que confluyen gentes de todo el norte de África; viajeros, comerciantes, chalanes, hombres que se esparcen tras duros días de travesía del desierto o se aprovisionan para los severos inviernos de la cordillera del Atlas. Todo es posible en los largos días mutantes de Djemaa el Fná: el antiquísimo foro de Marrakech, la verdadera entraña del Magreb.

Esta inmensa explanada, puerta al laberíntico zoco de la ciudad, dominada por el minarete de la Kutibia que sirvió de modelo para la Giralda sevillana, parece pasar las horas en estado de trance: sus ritmos y usos cambian, cambia la gente que la transita y sus intenciones, mudan los negocios y el ambiente. Y pese a esa continua renovación, la vida no ha cambiado sustancialmente en ella a lo largo de sus diez siglos de historia.

Djemaa el Fná se despierta cadenciosamente con los vendedores de zumo de naranja que arman sus carromatos y los madrugadores que se toman su primer respiro. A medida que avanza la mañana, los remediadores, los dentistas ambulantes, los ociosos de toda condición y los turistas van tomando posiciones, hasta que los especiados guisos anticipan la hora de la comida con sus aromas. Y tras el remanso de la sobremesa, empieza una lenta metamorfosis. Cuando la tarde declina, los tenderetes de comida atestan el centro de la plaza, con la algarabía que acompaña siempre a toda concentración de gentes árabes y beréberes. Siempre ávidos de historias, grandes corros se agrupan alrededor de cuentacuentos, que relatan prodigios, encuentros fabulosos, asechanzas de genios y djinns y enseñanzas piadosas. Otros prueban fortuna tratando de pescar botellas con cañas  o probándose en juegos tradicionales. Los más deambulan prestos a pegar la hebra con amigos y extraños, mientras se reconfortan con té y pastelillos. A las horas predeterminadas, las llamadas a la oración reverberan por el espacio como un grito arcano.

A esas horas nocturnas y agitadas, cualquier cosa parece posible. Y vista desde la distancia, sobre Djemaa el Fná flota esa nebulosa de humos, conversaciones, cánticos y sortilegios que le han hecho ganarse el título de patrimonio oral de la humanidad. Quien en ella pase ni que sean unas horas, no la olvidará jamás, y se irá con la convicción de que no existe en el mundo un lugar igual que éste.

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