El tabaquismo es uno de los grandes problemas sanitarios de nuestros días: sólo en nuestro país el tabaco causa cada año la muerte de más de 50.000 personas y según los datos de la Organización Mundial de la Salud es la primera causa de invalidez y muerte prematura del mundo, pero también es la causa de muerte más común que puede prevenirse, aunque no es fácil, como muchos han podido comprobar.
A pesar de las ‘razones’ que diga cada fumador, el fumar no es es un acto racional, por lo que el dejar este hábito tampoco suele estar asociado a una terapia racional, como muestra el hecho de que muchos fumadores, siendo conscientes de los perjuicios que les causa el tabaco, siguen fumando. Así que a la hora de optar por una ‘terapia antitabaco’, además de la voluntad, no está de más despertar ciertos mecanismos más ‘instintivos’ que racionales como el miedo, que pueden hacer desaparecer la conducta para que posteriormente, terminado el miedo, se termine la abstinencia (el gran enemigo a batir).
Existen muchas maneras para dejar de fumar y algunas personas deben hacer varios intentos antes de lograrlo. Hay quien deja el hábito repentinamente. Otros aprovechan los beneficios de los manuales paso a paso, la orientación o los medicamentos o productos que ayudan a disminuir la adicción a la nicotina, pero el primer paso siempre es la voluntad y tener presente, por muy fuertes que nos sintamos, que siempre se será ex_fumador y que no se debe bajar la guardia.
A la hora de abordar el proceso de abandono del hábito de fumar pueden hacernos desistir algunos efectos no deseados a corto plazo como el aumento de peso, la irritabilidad y la ansiedad, aunque estos se ven compensados por otros igualmente casi inmediatos y más motivadores como la mejora de la respiración, la circulación y de la presión arterial y la recuperación del olfato y del gusto. Además, aunque el daño que provoca el tabaco en las arterias coronarias es muy rápido, también es igualmente rápida la recuperación al dejar de fumar. En cinco años desaparecen los efectos dañinos. Sin embargo, en el caso del cáncer, las mutaciones genéticas que provoca el tabaco pueden tener un desarrollo de 20 años.
Cada vez los gobiernos de los países van implicándose más en la lucha contra el tabaco (aunque se resistan a abolirlo dados los ingresos que suponen para sus arcas) tanto con campañas sanitarias como con leyes que regulan su consumo. Entre las primeras que se aprobaron está precisamente la española. En 2006 se aprobó la primera ‘Ley antitabaco’ de nuestro país, que sería modificada en 2010 por la Ley 42/2010 de 30 de diciembre, estableciéndose la prohibición de fumar en cualquier tipo espacio de uso colectivo y locales abiertos al público que no estén al aire libre, con algunas excepciones, además de prohibirlo también en algunos lugares abiertos, limitando claramente lo que se entiende por espacio cubierto. Desde la implantación de esta norma la mortalidad asociada al tabaquismo ha disminuido en un 18% (así, por ejemplo, se calcula que se ha reducido la mortalidad por infartos un 11%) y se estima, según ha hecho público el Observatorio para la Prevención del Tabaquismo del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, que hasta un millón de personas han dejado de fumar después de estos dos años de Ley Antitabaco. Pero también los llamados fumadores pasivos se han visto beneficiados, ya que su exposición al humo de los fumadores ha descendido hasta un 70%, es decir, más que la media europea (del 46%), entre 2009 y 2012.









