Nuestro mito sobre ruedas

La industria automovilística local no ha sido precisamente la italiana, la alemana o la inglesa, capaces de crear de forma recurrente bólidos venerados por todos los aficionados a los coches y pagados a precio de oro por algunos afortunados y ricos coleccionistas. Desde luego, existen algunos modelos que con el tiempo se han reapreciado, ya sea por sus virtudes técnicas o por un valor sentimental. Pero casi todos ellos forman en las filas de los buenos utilitarios. La única excepción quizás la represente el modelo deportivo de la hoy ya desaparecida como marca autónoma Pegaso, el z-102, que en algunos casos llegó a personalizarse para clientes relevantes y que en los años 50 supuso un espejismo de lujo en la todavía depauperada España franquista. Hoy, la rareza de estos modelos, con muchas variantes realmente espectaculares, hace que apenas salgan ejemplares a la venta, pero uno de los últimos que se subastó alcanzó los 350.000 € en 2008.

Sin embargo, el z-102 tenía un ilustre precedente, y no uno cualquiera. Se trata de unos automóviles que figuran siempre en puestos destacados en la lista de los mejores de la historia y que causan sensación cuando aparecen en los catálogos de subastas. Hablamos, huelga decirlo, de los Hispano-Suiza.

Iniciativa de dos empresarios catalanes y uno suizo en 1904, nacía el consorcio que gracias entre otras cosas al entusiasta apoyo del rey Alfonso XII, gran aficionado a la automovilística, pudo presentar poco después sus primeras producciones en los salones más importantes del ramo y abrirse hueco en el terreno de la competición. De aquella época data el modelo 60/75CV o el luego bautizado en honor del monarca, 15/45CV, así como el popularmente conocido como La Sardina, un coche de carreras que consiguió grandes éxitos en la disciplina.

Sin embargo, una evolución constante, la aplicación de tecnología de motores aeronáuticos y el creciente prestigio que iba alcanzando fuera de las fronteras ibéricas, culminó con su década esplendorosa, la de los años 20, en que se terminó de fraguar la leyenda. Hispano-Suiza trasladó parte de su producción a Francia, y en Francia fue donde se le añadió el logo de la cigüeña y donde se fabricaron los diseños más lujosos que luego pasaban por las manos de los mejores carroceros del continente. Motores de 12 cilindros como el del 64B competían con los de Rolls-Royce, el otro coloso del refinamiento europeo.

Los primeros años 30 prolongaron su edad de oro, pero en 1935 moría el fundador Damià Mateu a tiempo de ahorrarse el ocaso de su gran empresa: poco después estallaba la guerra civil y la fábrica era colectivizada, y durante y después de la contienda, la producción de automóviles de lujo dejó de ser un negocio con salida. Mientras, en Francia, la guerra también marcó un cambio de rumbo: Hispano-Suiza se dedicó ya en exclusiva a los motores de aviación, con gran fortuna en ese terreno, pero poniendo el fin a una aventura que identifica como pocas a la llamada Belle Époque.

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