La obra de Haruki Murakami no es fácil de digerir para todos. Directo y sórdido como el Salinger más deprimente y oscuro, su prosa se entremezcla de forma contrastada y perfecta con delicadas descripciones de tremenda plasticidad y gran belleza. Parece como si sus letras guardaran el equilibrio japonés propio del “Iki” y “wabi-sabi”, dos términos que los nipones utilizan para definir cuestiones estéticas como la belleza de lo imperfecto o la hermosura de la discreta contención.
Noregwian Wood -traducida al castellano como Tokio Blues- es el nombre de la novela que hizo famoso a este escritor nacido en Kyoto y criado en Kobe. Precisamente, es sobre este texto acerca del que este fin de semana se estrena versión cinematográfica. Por el momento, la crítica no ha valorado muy bien el film, que ha sido elogiado principalmente por la actuación de la actriz principal, una joven nipona -Rinko Kikuchi- galardonada con el Premio Gotham y nominada a los Globos de Oro por su papel en la película Babel.
Tokio Blues narra los recuerdos de adolescencia de Watanabe, un joven que descubre los placeres y las aflicciones de la vida durante sus años universitarios, al verse envuelto en una compleja relación con la delicada e inestable Naoko. La pérdida, el desarraigo, la sexualidad y los conflictos psicológicos se ponen de relieve a lo largo de una novela llena de sinsabores, pero también de crudo realismo y extrema delicadeza.
La novela merece la pena, aunque sólo sea por ponerse al día en cuanto a literatura contemporánea y por sumergirse a fondo en el curioso pensamiento oriental. En cuanto a la película -escrita y dirigida por Tran Anh Hung- parece que es lenta y compleja de entender, pero sus bellos y poéticos planos, así como su deliciosa fotografía puede que lo compensen.









