Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente Estambul

Si el mundo fuera una sola nación, Estambul
sería su capital (Napoleón Bonaparte).

Estambul fue fundada en el 324 d. C. por el emperador romano Constantino I, quien la convirtió en suntuosa capital del Imperio Romano de Oriente, realizando en ella impresionantes obras arquitectónicas y de ingeniería en el transcurso de tan sólo 6 años. Este enclave fue escogido por “El Grande” por su fácil defensa y, ciertamente, puede decirse que esta ha sido una de las urbes menos accesibles de la historia, gracias al estratégico lugar donde se encuentra; no hay que olvidar que “El Cuerno de Oro” ha sido objeto de deseo, por lo menos, desde época griega.

Una de las épocas de mayor esplendor tiene lugar durante el gobierno de Justiniano I (527-565 d. C.), Emperador del Imperio Bizantino durante cuyo gobierno los éxitos militares rivalizaron con el altísimo nivel cultural que alcanzó la ciudad. En estos años se construyó la fabulosa basílica de Santa Sofía, proyectada por Isidoro de Mileto y Artemio de Trayes, siguiendo el gusto del emperador por la planta centralizada, rechazando el modelo basilical típico de occidente y adecuándose de este modo a los requisitos litúrgicos que surgen en oriente. Santa Sofía es un icono de lo que se entiende por arte bizantino; sus enormes proporciones simbolizan el poder imperial, mientras que su programa iconográfico y sus espléndidos mosaicos dorados, unidos a su cúpula de aspecto flotante, consiguen desmaterializar el espacio interno, instruyendo a los fieles en la fe y acercándolos a la idea de lo divino. Otro buen ejemplo de este tipo de arquitectura, que según parece fue un campo de pruebas para la construcción de Santa Sofía, es la cercana iglesia de los Santos Sergio y Baco.

Impulsada también por Justiniano, en Estambul encontramos la singular iglesia de San Salvador de Chora, un bellísimo templo que, aunque está un poco a las afueras, vale la pena visitar. Del mismo modo, las espléndidas Cisternas de Yerbatán -un genial ejemplo para mostrar que la arquitectura civil también puede ser bella- son de esta misma época y perderse entre su laberinto de columnas reflejadas en el agua es uno de los espectáculos más asombrosos de la ciudad.

En 1453 la ciudad pasó a formar parte del Imperio Otomano, que se prolonga hasta 1922, cuando se establece la actual República de Turquía. Arquitectónicamente, durante este larguísimo periodo hay que destacar la construcción del Palacio de Topkapi y, sobre todo, sus mezquitas; ya que cada emperador fue erigiendo nuevos templos para dar muestra de su esplendor. Las más importantes son Mezquita de Beyazid, la Mezquita de Süleymaniye (la más grande de Estambul), la Mezquita del Sultán Ahmed(más conocida como Mezquita Azul) y la Mezquita de Fatih. Además de estas, vale la pena acercarse hasta la mezquita de Ortokay, un bellísimo y curioso ejemplo de arquitectura islámica barroca.

Para terminar esta  visita relámpago a la ciudad no hay que dejar de visitar elGran Bazar, la Torre Gálata, construida en el siglo XIV, ni perderse un paseo por barco por el Bósforo para desembarcar en Asia, aunque sea por un ratito. Es también muy recomendable acercarse al Museo Arqueológico -lleno de maravilladas extraordinariamente conservadas- y dar una vuelta por la parte nueva de la ciudad: una buena opción es pasear por Istiklal Caddesi para terminar en la ajetreada plaza de Taksim.

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