Algunos lo verán como un compromiso que se adquiere cuando se posee mucho más que la mayoría de los mortales, otros como la culminación lógica de una carrera exitosa e incluso habrá quienes lo vivan como una forma de aliviar la conciencia por haberse lucrado de maneras poco honrosas o hasta de promocionar su figura pública.
Sin embargo, algunas donaciones para obras de caridad, colaboración al desarrollo, investigación médica, ayuda a víctimas de grandes catástrofes o fundaciones variopintas alcanzan notoriedad por los montos verdaderamente muy notables que alcanzan.
Eso sí, por el momento ninguna de ellas supera la que hizo Warren Buffett ala Fundación Bill Gates, dedicada a mitigar la pobreza y situaciones de riesgo sanitario con campañas como la de prevención del Sida en la India o la de vacunación en África. El opulento inversor se desprendía así de la mayor parte de su fortuna -31.000 millones de dólares- a favor de una organización de beneficencia, ejemplo que pretende hacer cundir entre otros multimillonarios americanos. Ya antes, el propio presidente de Microsoft había entregado a la organización de beneficencia que dirige su padre una parte muy cuantiosa de su inabarcable peculio.
Se ha tratado, por otro lado, de la gran puesta de largo de la idea promovida por la organización The Giving Pledge (La promesa de dar), que también ha conseguido la adhesión de un buen número de los hombres y mujeres más acaudalados de Estados Unidos, como el hotelero Barron Hilton, el cineasta y empresario George Lucas o el ex alcalde de Nueva York Michael Bloomberg, por citar a algunos de los más conocidos. Todos ellos han adquirido el compromiso de ceder la parte más sustancial de su patrimonio antes de morir con fines benéficos.
Conocida, asimismo, es la labor de otros potentados y dueños de grandes compañías que dedican parte de su tiempo y dinero a estas misiones, caso de la Red Omidyar con la que el fundador de ebay invierte en empresas y ONG que contribuyan al cambio social y luchen por la transparencia de los gobiernos; la financiación masiva de pozos de agua y escuelas y la donación de micropréstamos gracias a los cuales la pareja formada por Donna y Philip Berber ofrecen oportunidades a mucha gente en Etiopía o incluso las algo excéntricas inversiones en caridad perruna llevadas a cabo por el ex presidente de Peoplesoft.
A veces, sin embargo, no es tanto la cantidad como la personalidad que la dona lo que amplifica el gesto. Se recordará, por ejemplo, los 7,5 millones de euros que dio Michael Schumacher a las víctimas del maremoto que arrasó el sudeste asiático en 2006. O más recientemente, lo 5 millones de dólares con los que Brad Pitt financiará 150 casas verdes en las obras de reconstrucción de Nueva Orleans. Pero se trata, como cuentan los expertos en la materia, de donaciones de alto impacto por lo que contribuyen a divulgar una situación de necesidad y hacen que muchos imiten el ejemplo admirado.
Pese a lo dicho, no todo son parabienes para la filantropía millonaria. Porque como han señalado en repetidas ocasiones algunos medios, la gestión de algunas fundaciones no es todo lo ética e irreprochable que debiera. Y es que para recaudar fondos, muchas de estas organizaciones invierten su dinero en acciones de empresas que son responsables o subsidiarias de algunos de los mismos males que combates. Por retomar el caso de la Fundación Gates, una investigación periodística desveló que a la vez que con sus fondos se extendían garantías sanitarias en las poblaciones del delta del Níger, con otros se apoyaba financieramente a buen parte de las petroleras que más han contaminado la zona.
Paradojas que ni tan siquiera todo el dinero del mundo ayuda a resolver.









