A medio camino entre la costa mediterránea y el Eúfrates, su vecindad de la frontera pone a la luz la hostilidad recíproca entre sirios y turcos, en cuanto la vecina Antioquía, que hace cabeza de la provincia de Hatay, que fue de cultura primero griega y luego árabe, pero nunca turca, fue entregada a Turquía por los franceses, al término de su mandato, por pura conveniencia política: entrega que Siria nunca ha consentido y sigue siendo vista por los sirios como una ocupación ilegítima, como una especie de Gibraltar ocupado contra justicia y razón.
Puede verse Alepo como una aglomeración plantada en un secarral, donde viven cerca de cinco millones de seres humanos, que se nutren del agua benéfica del Eúfrates, embalsado en la anchurosa presa El Assad. Su ciudadela medieval, circular, alta y orgullosa, a caballo de una meseta imposible, nunca fue tomada por los cruzados, y sirvió de base para los golpes y contragolpes de las cabalgadas en su defensa.
Poblada por los Hititas hacia 1.800 antes de Cristo, consta que fue capital del Reino Amonita, luego asiria, persa, polis griega, con Seleuco I Nikator, romana, bizantina y árabe. Aunque asediada por los cruzados, siguió en manos árabes, acaudillados por Saladino, si bien cedió ante los mongoles y, luego, ante los Otomanos, aunque conservando su población árabe. Si bien la religión mayoritaria es el Islam, en sus distintas versiones, la comunidad cristiana siempre ha sido extensa, y creció con la inmigración armenia, fugitiva de las persecuciones turcas, hasta alcanzar hoy cerca del veinte por ciento de sus habitantes.
Son de visitar la gran mezquita, edificada en 715 por el califa Al-Walid, y reconstruida en 1129 por Nur al-Din; el Museo Arqueoplógico; la madraza Halawiyé, que ocupa el emplazamiento de la antigua catedral de Santa Elena; la evocada ciudadela, construida en el siglo XIII sobre un cerro parcialmente artificial que se alza cincuenta metros sobre la ciudad, que conserva su magnificencia, aunque muy dañada por los terremotos; y acaso, entre los zocos, el de los jaboneros: Suq as Savon.
Sus zocos, todos, son desaseados, abigarrados y confusos hasta lo inextricable. Su barrio cristiano, El Azizie, en algunos rincones, limpio y ordenado, como un trocito de París. Y la ciudad crece, crece, con orden, en edificios de mejor factura, con cierto talento urbanístico. Se levantan bloques de viviendas, mezquitas, alguna enorme, e iglesias de considerables proporciones, como la de Mar Yusef.
Es mítico el hospedaje en el Hotel Baron, famoso por haber albergado a Lawrence, a Lindbergh, a Agatha Christie, a Yuri Gagarin, a Churchill, a Roosevelt y no sé cuántos famosos más, aunque sea ahora desaconsejable, y no precisamente por los fantasmas de sus pasados huéspedes.
Alepo es, además, el punto de partida para visitar San Simeón Estilita y las ciudades fantasmas, de las que hablaremos con más calma la próxima semana.









