Johann Joachim Winckelmann es uno de esos personajes históricos que pasan totalmente desapercibidos y cuya influencia en la historia cultural de Europa es, sin embargo, muy notable. Se le considera el padre de la Historia del Arte y de la Arqueología moderna, así como el impulsor del renacimiento de la cultura griega a finales del siglo XVIII; sus escritos sobre la belleza y la virtud de los ideales y la estética clásica impulsaron a miles de compatriotas alemanes a lazarse hacia el Grand Tour para empaparse de las delicias clásicas, rechazando los caprichos volumétricos del barroco y el rococó. Su obra inspiró a creadores como Jacques-Louis David o Antonio Canova, así como a escritores y teóricos de primer orden como Lessing, Goethe o Schiller; pero, sin embargo, jamás pisó la tierra que más amaba: Grecia.

Gracias a la buena prensa de la literatura inglesa -muy merecida, por otra parte- casi todas nuestras referencias sobre el Gran Tour provienen de los relatos y biografías de escritores como Mary Shelley o Lord Byron. Sin embargo, los ingleses no fueron los únicos en realizar este recorrido que los jóvenes de buena posición procedentes de todo Europa consideraban un viaje iniciático hacia la madurez, cuya duración era incierta y dependía, en gran medida, del presupuesto de cada cual. Gracias a Winckelmann la visita exhaustiva a Italia se convirtió en un imprescindible y, empaparse de la Historia del Arte del país, en el objetivo primordial del Tour; o por lo menos así nos lo cuenta Goethe.

Cada viajero escogía su recorrido particular en función de sus gustos e intereses, pero lo más común era comenzar el recorrido por Turín, Milán yVenecia; empaparse del primer Renacimiento florentino y más tarde perderse en la Roma clásica; para finalizar en Nápoles la visita a través del país de la bota. Normalmente, se regresaba por mar; desde Livorno oGénova; o bien, atravesando Francia (menos común por encontrarse en plena Revolución Francesa). Tras la Guerra de los Siete años, y gracias a la enorme fama de genios literarios como el propio Winckelmann, pronto se popularizó la visita a Alemania; mientras que los más originales se perdían en las delicias de ciudades españolas como Córdoba y Granada; o bien, entre los aromas orientales de Jerusalén.

A fin de cuentas, lo importante del Grand Tour quizá no fuera qué ciudades se visitaban, sino la actitud de la visita; un viaje de aprendizaje, un viaje romántico para abandonar la juventud, para ahondar en los conocimientos sobre los que sustenta nuestra civilización, para descubrir lo exótico, lo nuevo; para abrir la mente. No importa el destino, ni la edad; todos estamos a tiempo de dejarnos llevar por la pasión de Winkelmann y hacer nuestro Grand Tour particular.









