Porque si entonces hablábamos de las metrópolis más hermosas del mundo, hoy tocaría el turno de las pequeñas ciudades, digamos aquellas que no superan el millón de habitantes pero se acercan aproximadamente a los 300.000.
Como en aquella ocasión nuestras sugerencias no son más que una propuesta, una idea, una intuición y no una pretensión dogmática: invitamos a todos los usuarios a aportar sus propias opiniones.
Con el mismo esquema que la última vez, cabría empezar por Europa. Y en aquella ocasión resultaba doloroso, por cuestiones puramente demográficas, olvidarse de la serenísima reina del adriático, la incomparable Venecia, o de su rival en admiración por su patrimonio,Florencia. Pero también quedaron fuera otros primores urbanísticos como esa hermosura de piedra oscura de Edimburgo, la sobriedad señorial de las partes viejas de Estocolmo, Copenhague o Riga, o la superposición de bellezas de todas las épocas en la ciudad dálmata de Split. Sin embargo, si se pretende encontrar ciudades que hayan conservado su patrimonio con sumo tiento, hará provecho viajar por Francia, ahí está la gracia burguesa de Burdeos o el hechizo acuático de Estrasburgo, o por el Benelux:Gante, Brujas o Luxemburgo nunca dejan indiferente a nadie.
Y dada la vecindad, ¿qué tal si dejamos España para otra ocasión y nos ahorramos decidir entre Sevilla, Córdoba, Santiago de Compostela u otras candidatas razonables a figurar en la lista?
También el autoimpuesto límite poblacional nos dejó lugares americanos en el tintero. Y si hubiéramos de quedarnos con uno, ¿quién podría oponer que hay muchas razones para hacerlo con la portuaria y deliciosamente decadente Valparaíso? Pero el desquite no acaba ahí: ¡qué ganas de hacer justicia con los centros coloniales de Cuzco y Santiago de Cuba! Y qué decir de la imponente impresión que causa la vieja capital canadiense deQuebec.
En Asia todavía es más acusado el contraste entre aquellas metropolis que el progreso ha malogrado en su aspecto estético y aquellas de más reducido tamaño que han conseguido conservar sus más poderosos encantos. La lista puede ser muy larga, de modo que nosotros hemos escogido cinco enclaves y conminamos a los lectores que conozcan aquel continente a enmendarnos la plana: la indiscutible Jerusalén en Israel, la amurallada ciudad china de Ping Yao, la luso-india Goa, a la cual ya dedicamos un artículo, la antiquísima Bujara en Uzbekistan y la increíblemente poco conocida Polonnaruwa en Sri Lanka. Ese es nuestro ranking y que nos perdonen Katmandu, Nara o alguna de las ciudades yemenitas, indias y etc. que bien merecerían su presencia aquí.
Por último, no es que África sea el patito feo, pero ya expusimos que muchas veces su esplendor se encuentra en su insuperable naturaleza o en su gente y cultura tan variada y rica. Eso no quita que haya también grandes lugares para recrear la vista. Es el caso de la ciudad de piedra de Zanzíbar, antigua capital de las especias, Meknes, antigua sede real de Marruecos o, pese a ciertos abusos y destrozos, la capital de Túnez.
En fin, ahí queda un buen arsenal de propuestas para ir pensado hasta la tercera y última entrega de Seré yo la más bella, con las pequeñas ciudades del mundo.









