Afganistán: huellas contadas

En una de sus postales recogidas en ¿Qué hago yo aquí?, Bruce Chatwin se despedía amargamente de Afganistan tras la irrupción del ejército soviético en el  país centroasiático.
Como luego se confirmó, Chatwin presentía que una época de relativa placidez terminaba y que aquel lugar que le había deslumbrado tan intensamente se precipiaba en una época de inestabilidad y vicisitud que haría imposible disfrutarlo como él había hecho.

Chatwin, sin embargo, había llegado allí siguiendo la estela de otros míticos viajeros británicos. Muy especialmente su ídolo Robert Byron, según su parecer el autor del mejor libro de viajes de la lengua inglesa, “El viaje a Oxiana” de Robert Byron. Byron era un bon vivant educado en los más elitistas círculos de la sociedad británica que en la década de los treinta fue a la búsqueda de rastros desconocidos de la arquitectura islámica y dejó su inmortal diario de ese periplo, que desborda al lector por su medida combinación de erudición, sensibilidad, agudeza y gusto literario.  Un altísimo testimonio de la cultura fascinante de una tierra tristemente asociada más tarde a guerras, atentados y destrucción de su patrimonio, como esos Budas gigantes de Bamiyán en cuya cabeza gustaba a Chatwin de sentarse.

No es, sin embargo, el único medio mediante el que podemos acercarnos a Afganistan. También el más distinguido de los grandes exploradores del mundo musulmán en el siglo XX, Wilfred Thesiger, el romántico amigo de los beduinos, el hombre que prefería la compañía de los nómadas de las montañas de Panjshir a la de sus condiscípulos de Oxford, escribió grandes páginas de esa encrucijada de caminos, en la que uno podía llegar a encontrar remotísimos vestigios de la epopeya de Alejandro Magno. Sin embargo, uno de los mejores testimonios que dejó fue el gráfico. “A vanisihg world” es una colección de fotografías que tomó, entre otros lugares, de aquellas tierras aisladas y arcaicas, antes de que a su parecer, todo se arruinase.

Pero además de las inspiraciones de Thesiger y Byron, Chatwin tuvo un compañero de travesía más tangible. El poeta, erudito, traductor y antiguo sacerdote jesuita Peter Levi. De aquella vivencia y asombro compartidos surgió el formidable The Light Garden of the Angel King: Journeys in Afghanistan, que por desgracia no ha conocido versión castellana hasta la fecha. Merecería sin duda la pena, pues Levi es un sagaz observador, que en la mejor tradición es capaz de maravillarse tanto por unos capiteles de inequívoco origen griego en el Hindu Kush como por el hallazgo de una inesperada delicia gastronómica.

Con idéntica pasión mezclada con esa distancia irónica que hace tan disfrutables los relatos de viajes ingleses, debemos a David Chaffetzquizás el último libro que pueda soslayar las marcas de casi 30 años de contiendas armadas, con la ventaja añadida de que proviene de alguien que dominaba algunas de las lenguas locales; notoriamente el farsi. Son fantásticos los pasajes en que montado a caballo se adentra en derruidos caravanserrallos de la legendaria ruta de la seda, pero también aquellos en los que refiere peculiares costumbres de los pobladores del lugar.

Los sucesos de los últimos años han dado pie a numerosos artículos, libros de explicaciones geopolíticas del avispero que en tiempos de colonialismo fue llamado El Gran Juego y denuncias del sufrimiento impuesto por ocupantes, gobernantes y combatientes de todos los pelajes. Y hay entre todo eso material valioso. Pero es imposible que evoquen el cautivador encanto y la sensación de penetrar en un dominio donde el tiempo había pasado de refilón, a otro ritmo, que emanan de esas obras que un puñado de afortunados compusieron antes de que los acontecimientos impusieran una transformación todavía en curso.

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