Viajes de mesa y mantel

“Como en casa no se come en ningún sitio” es el consabido lema de no pocos viajeros que vuelven cansados de dietas apresuradas y platos que fatigan sus paladares poco habituados a ciertos sabores. Y hay motivos para dar la razón al tópico: el gusto de cada persona está formado por costumbres y memorias asentadas desde la infancia y que llevan a preferir la cocina propia por encima de las demás. Pero también puede tratarse de un tópico gastado, auspiciado por la restauración turística más desconsiderada y por la mala fortuna en la elección o las miras estrechas del comensal.
Porque el viaje gastronómico no solo sigue fortaleciéndose como una alternativa a los atracones de museos y paisajes, sino que incluso ya es el estímulo principal para gente que precisamente sale de casa con la inquietud de probar todo lo que en ella no puede.

Seguro que la experiencia de cada uno serviría para confeccionar una lista personal de preferencias, lugares recomendables y valores culinarios dignos de consideración: precios, cantidad de las raciones, variedad o sabiduría en su elaboración serían algunas de las claves a tener en cuenta. Y esas son las cosas que han valorado los 10.000 participantes de 20 países en la encuesta que hizo Anholt-GfK Roper City Brands  para elegir, entre otros discernimientos, las capitales con mejores oferta gastronómica del mundo.

No puede decirse que sorprenda el primer puesto de la lista. La proverbial fama de refinamiento y excelencia de la restauración parisina y el prestigio que Francia mantiene en estas cuestiones le ha servido para auparse a un previsible primer puesto. Roma, con sus pizzerías y osterie populares, sus generosos mercados y su maravillosa agua, ocupa el segundo puesto, mientras que la demostración de que la  comida japonesa no cesa de ganar adeptos lo demuestra que Tokio obtenga el bronce de este particular podio. La variedad, originalidad y la excelente relación-precio pueden haber servido a México DF para colarse en el cuarto lugar de la lista, mientras que la revalorización incontestable de la cocina catalana se manifiesta en el quinto lugar de Barcelona. Madrid, Hong-Kong, Pekín, Milán y Shangai completaban el “top ten” de esta peculiar encuesta.

Huelga decir que la lista elaborada por esta empresa de estudios de mercado tiene una cierta trampa, porque la selección de una muestra como esta plantea grandes problemas. Principalmente que es muy posible que muchísimos más viajeros hayan recalado en, por ejemplo, París que en Lyon (merecidamente considerada por los propios franceses la capital gastronómica del país), de modo que las grandes capitales turísticas parten con una gran ventaja para figurar en ella frente a destinos más pequeños y modestos.

Por otro lado, como reconocen sus propios confeccionadores del baremo, hay que contar con los prejuicios de los encuestados. Por ejemplo, si bien Londres no aparece en la lista, muchos gourmets y expertos pueden atestiguar que en ella se encuentran algunos de los mejores restaurantes del mundo. Ahora bien, son de raíz húngara, china o francesa, y la cocina popular autóctona sigue viéndose como poco desarrollada y mediocre.

En último término, existe un problema de criterio, muy difícil de unificar: ¿Qué significa comer bien en una ciudad? Pues seguro que habrá muy diferentes entendimientos de la cuestión.  Desde quien conciba que para proclamar esa condición casi cualquier figón del lugar ha de poder darnos de comer un sabroso repertorio de la cocina local a un precio sensato, a quien requiera la existencia de muy variados restaurantes de alto copete y distinta orientación, sin importar la billetera.

Por ese motivo, también preguntamos a nuestros lectores y usuarios.

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