¿Puede bastar un granjero enojado para desestabilizar las fronteras de un estado? Australia ha probado el vigor de ese tipo de ira y la fuerza del ingenio de un particular que se enfrenta a la maquinaría de todo un país.
Todo empezó cuando Leonard Casley compró su gran hacienda agraria en Australia Occidental, a la vera del río Hutt y, para afrontar los problemas económicos que le presentaba la explotación ganadera, Casley se introdujo también en el cultivo del trigo. Es entonces cuando el gobierno fija una cuota de producción que merma los márgenes de beneficio de Casley. Éste se decide entonces a protestar y litigar contra la ley, pero en los tribunales ordinarios no obtiene fruto alguno.
Entonces, en 1970, da un giro brillante a su estrategia: aprovecha vacíos legales para secesionar su finca de Australia y constituirse como estado autónomo: la Provincia de Hutt River. Y de nuevo, cuando recibe serias amenazas de persecución por parte del Primer Ministro, desentierra viejas leyes del Reino Unido para blindarse y erigirse en Príncipe de Hutt River. Incluso llego a declarar una fantasmagórica guerra para poder beneficiarse de la Convención de Ginebra.
La situación puede parecer una broma o una excentricidad consentida por el gobierno de Australia, aunque más bien habría que calificarla con una secesión plenamente real y operativa a la que los políticos no han podido o sabido responder. Por ejemplo, los residentes de Hutt River y sus industrias no pagan impuestos, con lo que el principado es a todos los efectos un fantasma fiscal. Además, Hutt River tiene sus propias matrículas y pasaportes, emite sus propios sellos y sus tiradas numismáticas y ha conseguido hacer valer su derecho a que el correo australiano tramite esas cartas internacionalmente. Evidentemente, el estado no ha dado a esta micronación un reconocimiento explícito, y mantiene que Hutt River es como una empresa que actúa con un nombre comercial, pero, en todo caso, las prerrogativas de las familias de Hutt River son muy otras que los de un vulgar negocio.
Lo prueba que incluso el Museo Nacional de Australia tenga una exposición permanente sobre el caso y reconozca en el éxito del Príncipe Leonard en su secesión, que existan delegaciones del principado en Berlín y los Estados Unidos o que una floreciente industria turística para curiosos y admiradores que se acercan a conocer Hutt River haya fructificado en los últimos años. De hecho tan prospera que incluso ha permitido a su Alteza Real Casley desdeñar las ofertas para instalar casinos en sus territorios. Porque Leonard, y junto a su ingenio y tesón eso ha hecho que se gane tantas simpatías y adhesiones, ha preferido mantener el halo romántico de su nación inventada antes que bañarla en el barniz del puro filibusterismo. Deseémosle pues larga vida al príncipe.









