A los 25 años de su muerte, la obra de Julio Cortázar sigue atrapando a nuevas generaciones de lectores mientras retiene a sus viejos devotos.
¿Encontraría a La Maga?
Con toda probabilidad, este interrogante que abre las páginas de la mítica obra Rayuela de Julio Cortázar sea también una de las frases más conocidas de la literatura en español. Aunque a diferencia de lo que ocurre con la mayoría de novelas, esa no sea la única forma de emprender su lectura.
Porque el genio inconformista del autor argentino, ávido de probaturas y requiebros, también dispuso que se pudiese hacer con otro orden distinto al convencional, comenzando por el capítulo 73 y progresando luego con idas y venidas por el libro según un segundo orden posible que prestaba un sentido distinto a sus páginas.
Juego, amor por lo causal, pasión por el descubrimiento azaroso, las correspondencias misteriosas, los presentimientos y las sugestiones de la imaginación que animan un París tan real como encantado son las corrientes de una prosa que, en su momento, provocó tantos entusiasmos como estupores o incomprensiones.
No era, sin embargo, la primera vez que Cortázar subvertía las reglas, retorcía la sintaxis y forzaba las hechuras de las palabras. El sentido fantástico de quien, según su confesión vivió la infancia envuelto en una bruma de duendes, se había puesto de manifiesto y seguiría haciéndole en sus cuentos, en sus narraciones cortas o incluso en su poesía.
Sin embargo, lo que más inquieta y sorprende siempre en esos relatos suyos es que no son solo especulaciones fantasiosas, sino que suelen partir de situaciones muy cotidianas que poco a poco, a veces por detalles minúsculos, se vuelven irreales, acongojantes, pesadillescas. Cortázar supo convertir un rutinario trayecto por autopista entre París y Marsella, la vida discreta de dos hermanos en un viejo caserón de Buenos Aires y una inocente toma de fotografías en una plazoleta parisina en monumentos al desasosiego y el misterio. Heredero de Edgar Allan Poe, entre otros, Las babas del diablo, La puerta condenada o Continuidad de los parques son ya clásicos universales de un género que, en cierta medida, inventó él mismo.
A los 25 años de su muerte, nosotros le rendimos tributo de la única manera honesta y coherente posible: leyéndole.









