| De vuelta al mundanal ruido |
Publicado el 07/09/2010 |
| Un verano -este, sin ir más lejos- puede “contarse” en una docena de fotografías. Como la que acompaña al texto: el pintor Antonio López plantó su caballete en la Puerta del Sol de Madrid y las multitudes se volcaron sobre él como si fuera una estrella del rock… Excelente imagen para reflexionar un poco -sin pasarse- sobre las diferencias entre “calma” y “paz” y lo necesitados que estamos de ambas en este regreso al quehacer nuestro de cada día. |
En cuanto a información, los veranos suelen ser parcos en noticias -de ahí la creación de esa especie de animal fantasmagórico llamado “serpiente de verano”; o sea: la invención más propia de la novela que del periodismo-; y, en cambio, muy pródigos y abundantes en imágenes… En suma: un verano -este, sin ir más lejos- puede “contarse” en una docena de fotografías. Como la que acompaña al texto: el pintor Antonio López plantó su caballete en la Puerta del Sol de Madrid y las multitudes se volcaron sobre él como si fuera una estrella del rock… Excelente imagen para reflexionar un poco -sin pasarse- sobre las diferencias entre “calma” y “paz” y lo necesitados que estamos de ambas en este regreso al quehacer nuestro de cada día.
El genio pictórico don Antonio López -nunca he entendido la 'gracieta' de llamarlo 'Antoñito' cuando la grandeza de su persona y de su arte merecen un 'Antoñazo'- se puso, en plena canícula y estiaje, a plasmar en lienzos la Puerta del Sol madrileña. Lo que le sucedió incita, insisto, a la reflexión sobre las enormes diferencias entre la calma y la paz... Que "no es lo mismo", como canta Alejandro Sanz... "Apártense un poco: a ver, déjenme ver; si no veo la calle no puedo pintar... A ver, un momento..." Don Antonio insistía con ejemplar paciencia: "Apartaos: si no veo, no puede pintar"... Y lo más admirable: en lugar de despachar a cajas destempladas a la multitud que lo cercaba, que lo estorbaba, que lo asediaba, que le tomaba cientos de fotografías con los telefonillos, que le preguntaba chorradas, en lugar de espantar a esa multitud como a una bandada de tábanos, el artista se compadecía de ella, se preocupaba por ella: "Mira que voy a manchar a alguien -advertía-... Usted se va a asar... Iros a la sombra un poco..."
Pero que si quieres arroz, Catalina... Para esa multitud, don Antonio López, el minucioso y mágico trabajo de don Antonio López importaba un pito... Tan admirable tarea se había convertido en una mera y vulgar atracción de feria... Una más entre las que ofrecen a los ociosos "los veranos de la Villa", que se dice.
Total que don Antonio -gorrilla roja; camisa a rayas; calzones cortos; zapatos y calcetines negros - hubo de recoger su desgastada paleta, sus humildes pinceles, el trapillo con el que los limpia, su banquetita y su lienzo y darse el piro.
¡Ojo al parche!: don Antonio López -¡mira que es enorme como pintor!; y todavía lo es más como ser humano- no perdió la calma en ningún momento ante el incordio, el fastidio, la molestia, la invasión en su intimidad laboral de la pesadísima multitud... Pero -creo yo- sí había perdido la paz -exterior e interior- necesaria para llevar a cabo con perfección su trabajo.
Y me parece a mí que así están las cosas en multitud de asuntos, situaciones, tesituras... Incluso en nuestras propias personas... Yendo al fondo: en nuestra bendita sociedad, ¿hay "calma" o hay "paz"?... Para mí tengo que nos ocurre algo parecido a lo que le sucede a don Antonio López: dan ganas de decirles a los problemas que nos asedian, nos rodean, nos amuelan -y lo que te rondaré, morena- "a ver si se van apartando un poco... A ver si hacemos un poco de luz entre todos... A ver si nos aclaramos... ¡Que se nos va al garete el cuadro!"...
Porque, aunque “calma” y “paz” no sean exactamente lo mismo, sí les unen profundos lazos familiares… La calma es, aparentemente, algo exterior: el silencio, la ausencia de presión, la sombra del ciprés de Silos… La paz, en cambio, es interior: podemos sentirnos en paz -“con la conciencia tranquila”, como se decía antes de que la tal conciencia pasara a ser una reliquia de otros tiempos, ¡aunque no para mí, claro!- en medio del bullicio, de las apreturas del Metro, del trabajo acuciante y de los deberes imperiosos… Pero es innegable que la calma ayuda a serenarse; y que la serenidad es uno de los caminos más rectos y directos hacia la paz.
Pues bien: si el mundanal ruido al que hemos regresado nos achucha, si los bocinazos de la urbe rompen la calma, busquemos “tiempos de silencio” -exterior o interior- con ahínco… No vaya a ser que perdamos la paz antes que el bronceado, oigan…
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